Mañana del martes y cielo nublado. Bueno, dentro de esta incubadora no se necesita el sol porque no he venido precisamente a nadar en la alberca del hotel. Lo bueno de los hoteles como este es que no tenés que recordar la ciuidad en la que estás cuando es una ciudad como esta. Te podés hacer la ilusión de estar en una gran ciudad y que no te da la gana salir de shopping o de cacería. Aquí dentro se hace todo, se come, se duerme y se trabaja. Ya sabés, un hotel “bussiness class” donde llevamos a cabo las juntas y reuniones en el salón rentado para tal propósito. No hay necesidad alguna de poner un pie fuera de las instalaciones.

Mi ventana da a la alberca. Estoy ubicado en el primer piso. He visto desde que llegué, esa lona azul con la que protegen de la lluvia al agua de la piscina. Y por esa misma ventana veo llover cada mañana. Por las noches, si pongo atención, puedo escuchar el tronar del cielo. Casí nunca lo hago, cayendo en cama y cerrando los ojos. Es casi instantáneo.

He podido ver a dos o tres visitantes femeninas atrapadas en esta ciudad igual que yo por cuestiones laborales que están de muy buen ver. Justo a 50 metros de mi habitación está la entrada al gimnasio y ahí gastan la mayor parte de la mañana. Es una delicia salir de la habitación y toparte con los tops deportivos y los pants pegados al cuerpo que hacen que el sudor se vea atractivamente delicioso. Jovencitas todas, delgadas, ya sabés. He venido de suerte porque varias cuentan con los ansiados ojos claros y cabello rubio.

Rubio como la chica del anuncio en el lobby, la mujer perfecta diría yo: elegante, cuerpo lindo, sonrisa cautivante, ojos azules y piel pintada por el sol pero blanca al fin. Sí, esa chica, ¿sabés cual? la que te regala una noche y un boleto. Hay un afiche tamaño natural en el lobby y todo los dias paso por su lado y le sonrió. Ludwika se llama.

El buenosdías del desayuno es obligación y cortesía. Finalmente todos somos víctimas y prisoneros de este lugar, lo mejor que podés hacer es ser simpático con tus colegas de encierro.

Hoy practiqué de nuevo mi acento australiano. ¿Sabés que me encanta hablar así? Sí, pavadas, lo sé. Pero es mi gusto. Tomé café, hace tiempo no desayunaba con mi café negro y mi plato de frutas. Sólo dos por cierto, las demás no es que me desagraden sino que les tengo idea, justo igual que al puré de papá. Papaya y Melón, cubiertas con yogurth natural, amaranto y granola. Como cereza del pastel (que no era pastel, era plato de fruta) coronado con miel de natural de abeja.

Es una delicia ¿sabés?. Café, negro y fruta con miel. Un manjar sin duda. Mirar por la ventana el sol queriéndose asomar detrás de las nubes y hablar en australiano. La chica del pants rojo y el top blanco de la bicicleta estática está en la mesa de junto y yo le sonrío. Sí, sonrío libre y liberado de mi mismo. Al sonreirle a Arhely (asi se llama ella, es venezolana) me doy cuenta que sin duda, este será un hermoso día. Sí. Hoy es un buen día para comenzar de nuevo a reir. Este es un hermoso día.

El sabor de la miel me llena la boca y eso que no he probado bocado todavía. Estoy listo. Hagamos de esta vida, una obra de arte que se exponga en las mejores galerías del amor y la belleza. Que nadie dude sobre mi sonrisa. Mi sonrisa es sonrisa abierta y franca. La de la monalisa, es llanto contenido.

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