Escasa cultura autoimpartida
Estoy absorto oyendo a Daniel Viglietti y a Mario Benedetti. Se juntaron en Chile para recitar y cantar, cada uno en lo suyo. Recita Benedetti un poema y se intercala con la trova aguda de Viglietti. Esto es un verdadero placer. Un hermoso regalo autoinducido antes de comenzar la faena nocturna. Me resulta increÃble estar aquà cerrando los ojos, escuchando como si estuviera en primera fila, al mismo tiempo saboreando cada frase, cada estrofa, cada cuerda de la guitarra que vibra y resuena. Todo me llega al alma, se nutre mi espÃritu y me regocijo en esto. Puedo hacerlo todo el tiempo. Es una delicia, mientras en algunas canciones Viglietti se asoma al fondo de la profundidad, Benedetti rompe el cuadro diciendo alguna estrofa cÃnica y de tan superficial y sencilla te rÃes cuando ibas a llorar.
Hoy comienzo la noche con Benedetti y Viglietti de fondo. Es difÃcil encontrar quien comprenda esto, quien lo saborée y guardando los ojos bajo los párpados pueda vibrar. No he econtrado mujer capaz de entender este arte y esta escasa cultura autoimpartida. Es aquà cuando le doy gracias a Dios por que puedo saborear esto, sin que nadie a mi alrededor me interrumpa. No hay una tele prendida con “desperate housewives” ni alguna otra serie de inmaculada “gringuez”.
No hay “escúchame” ni “apaga la computadora”, ni “bájale”, ni “quiero contarte sobre mi dÃa”… esta es una virtud de la solterÃa y libertad. Tus momentos de hacer con tu vida lo que te de la gana sin rendir cuentas a nadie más que a ti mismo. De vestirte lento, perfumarte, mirarte al espejo y aprobarte sin que nadie deba opinar sobre tu gusto para la ropa. Me espera lo contrario a esta escasa cultura autoimpartida, pero esa es otra virtud de ser soltero y de ser libre: no tienes que darle explicaciones a nadie sobre lo que haces ni porque lo haces. No tienes que ser “estable”. Por eso, puedes alimentar el alma con cosas elevadas, no tanto como eleva a los oyentes Leo Masliah para conservar la cabeza intacta,y después de rozar el techo bajar al suelo y visitar el antro de moda lleno de alimento para el ojo y tambÃen para el cuerpo algunas veces.
Puedo oscilar, puedo reir y luego llorar. Puedo amar y luego odiar. Puedo ser quien me de la gana, porque me lo he ganado. Soy libre, soltero, rodeado de gente linda, y no tengo que ser “normal” para nadie. No tengo que ser “predecible” ni “estable” en mi ánimo.
¿A qué horas llegaré? ¿Sólo o acompañado? ¿anotaré más números de teléfonos e emails? ¿ya es una costumbre hacer esto cada viernes y sábado como desde hace un mes? No lo sé. Y no me interesa. Porque al único que le explico hoy, es a mi mismo. A mi me rindo cuentas.
Ya perfumado, con Viglietti y Benedetti de fondo acabando su última canción, me bebo cada parráfo y nota musical para llevármela en el recuerdo por si se ofrece hablar de cosas que fascinen.
Libre. Impredecible. Inasible. Un viento que recorre la costa, esta vez hacÃa tierra. Nadie puede atrapar al viento. Nadie. Mi libertad me costó caro, no la cederé. Mii corazón es gitano, para meter dentro una cara de mujer tendrÃan que sorprenderme porque ante todas las cosas me confirmo exigente.
Hasta pronto Benedetti, hasta pronto Viglietti. Hola luna, luna con conejo sonriente y pÃcaro.
Dejo un párrafo de Bendetti quien me lee la mente y me justifica. De su poema “Piedritas en la ventana” yo elijo el parráfo final. Y como un juramento, con la mano en el corazón y también como aburrido y harto de las piedritas en la ventana recito junto al uruguayo:
“Está bien, me doy por persuadido;
que la alegria no tire mas piedras.
Abrire la ventana,
abrire la ventana.”
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