Miraba al señor que casi siempre se sienta en una de las mesas con sus crucigramas y su pluma. Siempre absorto pensando y silencioso resolviendo su documento. Es un señor de unos 70 años tal vez. Un viejecito lindo, amable y educado. Normalmente es a él a quien se le pide una silla de su mesa porque siempre va solo.

Hoy lo observaba con cuidado. Lo miraba con su taza de café expresso y su paz. Esa paz que algunos viejecitos tienen y que te inunda sólo de verla. Canoso, arrugado, silencioso y un caballero de antaño, daba pequeños sorbos a su café y escribía. Lleva en la bolsa 4 plumas. Son muy visibles porque son grandes y cada una con una tapa de color diferente: azul, negro, rojo y verde. Normalmente resuelve los crucigramas con la pluma negra.

Siempre que se va, se despide con una reverencia educada y desea las buenas noches a quien esté cerca de su mesa.

Noté que era silencioso. Cuando alguien le solicita una de las sillas de su mesa, levanta la cara lentamente y hace un gesto cordial con la mano indicando que pueden tomarla. Siempre esboza una sonrisa, pero no dice nada. Cuando le saludan, mira a los ojos e inclina su cabeza lentamente y con total humildad.

Todo él transcurre lento. Sin prisa. En silencio. Y todos estos elementos le quedan tan perfectamente alineados que realmente verlo, induce a la paz y a la reflexión.

Tomé mi pequeña libreta con el chango en la portada y escribí:

Diciembre 13 del 2006
18:50 hrs.

“Qué nos dan los años que nos vuelve silenciosos, pausados, sin prisas, en total calma? Como si el tiempo no importara justamente cuando un observador joven que vive rápido y en total estrés pensaría que lo que menos le queda al lindo viejecito es tiempo.”

Transcripición literal de mi libreta

Ya que estoy en casa y luego de pensarlo y reeler mis notas, realmente me pregunto: ¿Qué nos darán los años que nos permiten vivir sin la prisa ni la necesidad de tenerlo todo aquí y ahora. Con esa paciencia infinita y esa tranquilidad y paz absoluta de la que gozan algunos mayores. Debe existir un secreto, algo que sólo descubrimos cuando llegamos a esas alturas. Quisiera conocerlo ahora que no tengo canas, ni uso un bastón, ni tengo nietos. Quisiera conocerlo ahora, para poder llegar a esa edad, sentarme en un café como ese y sacar mis crucigramas, para poder mirar de reojo y saber que un joven me mira y se pregunta: “¿Qué nos darán los años…?”

Taza de Jose Balmart

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