Segunda re-publicación. Esta vez ya no lo borro. No me he atrevido de nuevo a cambiarle una sola coma, ni un solo punto. El cuento debe quedar como se hizo entonces.

Jueves 6 de Abril del 2006
11:25 pm

Hoy iba caminando hacia mi casa y se me atravesó una libélula. Sin decirnos nada, quisimos eludirnos para seguir nuestro camino, ¿te ha pasado? que quieres pasar y ceder el paso al mismo tiempo y el otro se mueve al mismotiempo hacia donde tu te mueves. Es incómodo.

Luego de dos intentos, un paso a la derecha, otro a la izquierda, ambos nos detuvimos en el centro donde el vals había comenzado. Perdón, le dije, necesito pasar, o te mueves al lado contrario del que yo me mueva o bailamos otras dos piezas con vueltecita y todo, rematé sonriendo. La libélula captó el humor, no sabía que las libélulas tenían sentido del humor, y sonrió también. No, perdone usted, me dijo. Lo más práctico hubiera sido seguir sonriendo y solo pasar, pero la libélula continuó hablando y yo soy un
caballero que se niega a dejar hablando a una libélula. Es que tengo la mente en otra parte, se disculpó, no puse atención al camino. No se apure ledije, es la historia de mi vida, siempre tengo la mente en otra parte.

Un comentario tonto, porque ni los científicos ni los predicadores del new age se han puesto de acuerdo sobre donde realmente está la mente, así que si no sabemos donde debería de estar, ¿cómo podemos deducir que está en otra parte? Convencionalismos, costumbres del idioma.

La veo triste, le dije, no es grato ver a una libélula con carita triste. La libélula se posó sobre en mi brazo. Disculpe, tengo que descansar un momento, batir las alas por tiempo prolongado me cansa. ¿Le importa? ¡Que va! le dije, descanse usted todo el tiempo que requiera. Me complace servirle de algo a una libélula tan bella pero con mirada triste. Además, no todos los días tengo la oportunidad de platicar con una libélula. ¿Tenés un nombre? le pregunté, eso de llamar a alguien por su denominación general no
me resulta grato. Claro, me llamo Dory, ¿y vos? Yo soy José. Así que sos Dory la libélula. Igual de olvidadiza aquella que nadaba con el pez payaso y su hijito minusválido. Algo así, dijo sonriendo. ¡Mirá, si no es tan difícil hacerte sonreír después de todo! Me gustá más esa carita que la otra con las comisuras de los labios hacia abajo y los ojos perdidos en la nada.

Gracias,me dijo, sos agradable. Y bastante, le dije. Y vos sos inteligente porque lo habés notado en menos de 5 minutos, lancé sonriendo petulante.

Y contáme, le dije, ¿que te tiene tan decaída? Me podés decir, soy bueno escuchando, Muchas cosas, me dijo, digamos que es una etapa de mi vida de cambios, y esos cambios a veces son difíciles de aceptar. Te entiendo perfecto, le dije. Estoy buscando algo, continuó, tengo la certeza de que tengo que encontrar algo, en mi corazón hay un afán de búsqueda que no logró dominar. ¿Y sabés que es lo que buscás? tal vez te pueda ayudar, si querés. Mi problema es que no sé lo que tengo que encontrar, respondió reflexiva, pero sé que debo buscarlo, tengo la obligación de buscarlo. Bueno, en ese caso no creo que pueda serte de mucha ayuda, si buscaras algo como, no sé, una flor, un estanque de agua, un árbol, sería mucho más fácil, pero si no sabés lo que buscas no veo como podemos encontrarlo. Me miró en silencio a los ojos, y dijo, me parece que lo que busco está hecho para ser encontrado sin ayuda.

Tal vez lo que busco esta diseñado por alguna razón que no entiendo para no ser encontrado en compañía. Ya entiendo, le dije. Yo voy con el analista hace un año, se llama Marcelo, y todavía no tenemos la certeza de saber qué es lo que busco. ¿También buscás algo? me preguntó interesada, Desafortunadamente así es, respondí. Si no tuviera esta maldita manía de buscar algo y encontrarlo tal vez mi vida sería diferente. ¿Sabés que es buenísimo para estos casos? El silencio, agregué. En lo personal me he dado
cuenta que el silencio dice muchas cosas, da muchas respuestas, enseña grandes cosas.

Pero, ¿que el silencio no es la ausencia de sonidos? preguntó con interés. Bueno, en esencia, le dije serio. El silencio es la ausencia de sonido, la ausencia de ruido, la ausencia de distractores, pero ¿Sabés que pasa cuando estás en silencio? Escuchás lo más importante, y de pronto comenzás a encontrar cosas que no sabías que estabas buscando. Pero hay un peligro en eso, continué, cuando encuentras algo que no estabas buscando comienzas a acer ruido, a creer que puedes guiar la búsqueda de nuevo, a pensar que hallaste el camino. ¿Y eso es malo? me preguntó. No lo sé, no me gusta eso de “bueno� y “malo�, pero de que te volvés a alejar te volvés a alejar.

Tenés de nuevo ruido en la cabeza y luego ese ruido se te instala en el corazón y en el alma y el silencio retrocede silencioso.
Entonces buscás más y más, con más ruido, y te imaginás que encontrarás lo que buscás pensando en términos de tiempo, de espacio, ya sabés: lo encontraré ahora, mañana, en 3 días; lo encontraré aquí, ahí, allá. Y pronto te das cuenta que así no funcionan las cosas, a veces tarde, a veces temprano, pero siempre terminás sentado en lo oscuro, llamando al silencio
de nuevo. A mi me gusta el silencio, dijo ella, me gusta el silencio que se escucha cuando vuelo, alto, tan alto que siento que me va a explotar el abdomen, allá arriba, cuando veo los techos de las casas, las copas de los más altos árboles de la cuadra, allá arriba llega el silencio, y cuando llega el silencio se me olvida que me deben doler las alas de tanto batirlas, dejo de escuchar los ruidos y vuelo cerrando los ojos (es una manera de hablar porque las libélulas no tenemos párpados), y entonces me lleno de silencio, y el silencio me recuerda cosas, cosas que había olvidado. Vos sabés que mi tiempo de vida es diferente al tuyo, yo vivo
menos, un día tuyo es toda una vida para mí. Entiendo, le dije.

Creo que has pasado mucho “tiempo� volando bajo y posada sobre mi brazo, tal vez debas regresar al aire, al cielo, subir hasta que sientas que va a explotar el abdomen y mirar los techos de las casas debajo, las copas de los árboles de la cuadra. No es tarde para que lo hagas. Te queda media vida por lo menos. Tenés razón, he pasado mucho tiempo abajo, estar abajo me ha
metido ruido, mucho ruido y entonces he olvidado que debo volar alto, que debo dejar este suelo firme, este brazo acogedor para volver al cielo y volar, volar alto. Ahora lo entiendo. Sabía que debía hacer algo, pero no sabia que era, no lograba recordarlo. Soy afortunada de haberte conocido, me pude haber pasado toda mi vida aquí debajo, tratando de recordar y chocando contra las ventanas de las casas, rumiando este sentimiento de vacío, de espera. Ahora sé lo que debo hacer. ¿Sabés que existen otras libélulas que me decían que debía quedarme aquí abajo? Ahora entiendo.

Y yo también le dije, hay muchas libélulas que han pasado tanto tiempo aquí abajo que han olvidado que pueden volar alto. Y si alguien como vos aparece de pronto diciendo que debe recordar algo, que tiene la necesidad de recordar algo, las otras libélulas, las que olvidaron, se sienten amenazadas y entonces intentan hacerte olvidar de plano, como alguna vez otras libélulas lo hicieron con ellas.

Pero tuvimos ambos la dicha de encontrarnos hoy, bailar un vals a contratiempo y fuera de ritmo y compartirnos cosas bellas. A veces hace falta encontrar a alguien que nos ayude a recordar y dejar a aquellos que se empeñan en que olvidemos. ¿Cómo puedo agradecerte? me preguntó con sinceridad. ¿Cómo? Sé feliz.

Pero si soy feliz implica que tendré que volar de tu brazo y subir alto, y no podremos seguir conversando, tu presencia me gusta mucho, no quiero perderla. ¡Cuidado! le dije. No creas en la trampa de la comodidad, vos sabés que te espera un cielo azul, cálido y silencioso allá arriba, y vos sabés ahora que eso es lo que has estado buscando, yo solamente he sido un espejo tuyo que te ayudo a mirarte en él y recordar. José, vos también buscas algo. ¿Porque no volamos juntos, allá arriba, alto, hasta que sintamos que nos va estallar el abdomen, miremos los techos de las casas, las copas de lo árboles de la cuadra y nos dejamos invadir por el silencio?
Tal vez vos también encuentres, recuerdes.

La miré con ternura, su propuesta era sabia, inocente y sincera. Me has enseñando mucho hoy, le dije, demasiadas cosas, cosas que me ayudarán a mi también en mi búsqueda, en mi espera. Recordá que nuestros tiempos son diferentes, un día para mí es una vida para vos. Tal vez deba aguardar un poco más para poder volar como vos y seguir buscando aquí abajo hasta que encuentre un par de alas que me permitan volar como vos. Ahora ella me miraba con ternura. Entiendo, me dijo. He pasado contigo gran parte de mi vida aunque para vos hayan sido solo unos cuantos minutos y me has marcado, gracias. Vos has pasado conmigo gran parte de tu vida, y me has enseñado grandes cosas, le respondí, me has marcado, en estos casos el tiempo no nos rige.

Haré de cuenta que estuve contigo mucho tiempo, porque el resultado de tu presencia en mi vida, aunque efímero para mi escala de vida, me ha dejado más que si hubiéramos nacido y muerto juntos. Vuela, le dije, alza el vuelo, bate las alas y yo te miraré desde aquí abajo. Miraré como asciendes alto,muy alto y te seguiré con la mirada y el corazón mientras el silencio te susurra sus secretos.

La libélula me miró sonriendo, feliz y entusiasmada y comenzó a mover sus alas. Se desprendió de mi brazo lentamente sin dejar de mirarme a los ojos y voló, alto, muy alto. La seguí con la mirada y el corazón como le había prometido y antes de perderla de vista me gritó emocionada: ¡Ahora lo sé!, el silencio me lo ha explicado.

La perdí de vista con un grato sentimiento en el corazón. Repasé lo que había aprendido sobre arriba, abajo, sobre olvidar y recordar, sobre los que te ayudan a recordar y los que se empeñan en que olvides. Continué mi camino a casa, al llegar a la puerta miré al cielo y volví a sonreír. Saqué la llave de la puerta de mi pantalón y la introduje en la cerradura. Escuche el crujir de los diminutos engranes que se hacen funcionar al girar la llave y abrí la puerta. Miré hacia adentro pero no pude entrar.

En ese momento me comenzaron a crecer unas alas hermosas, con colores brillantes que rompían el espectro solar en miles de combinaciones de luz y color. Probé batir mis alas nuevas, y las alas respondieron con un zumbido de baja frecuencia. Volví a mirar el cielo, y mis pies dejaron lentamente la tierra que tenían debajo, me elevé alto, tan alto que sentí que me iba a explotar el abdomen, pude ver los techos de las casas, las copas de los árboles de la cuadra y cerré los ojos…

“Do you see the truth through all their lies?”

Libelula

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