Bajaba la escaleras del faro luego de estar en el último piso de este monumento a mi locura y me topé con esta extraña mujer que compartía mi cama durante todo el mes que llevo aquí hospedado. Todavía no me grabo su nombre, creo que se llama… bueno, no importa, no lo sé. Son detallitos.

¿En qué estaba? ¡Ah sí! Bajaba yo las escaleras porque me dieron unas ganas tremendas de ir al mar que está a dos pasitos (en realidad son como 42) porque me moría de ganas de echarle un ojito a mis pertenencias. En este caso el mar es mío, y debía estar cerquita de él para averiguar si nadie le había robado un pedazo.

La mujer extraña me miró extraño (¿no es extraño? decir tantas veces la palabra extraño hace que suene extraño) y casi burlona me dijo: Quédate conmigo, tengo ganas de que te quedes conmigo viendo por la ventana como chocan las olas contra la arena y cómo este terrible y voraz viento norteño arrasa con las cosas no sujetas al piso. Claro que no podía quedarme, cuidar el mar, el mar que es mío es siempre más importante que mirar por una ventana como se dibuja a lo lejos el futuro. No puedo, le dije, debo ir a ver el mar. Pero hace frío, me dijo. Precisamente por eso, contesté, debo bajar la playa y ver mi mar. ¿Porqué no te quedas? me dijo seductora mientras pegaba su cuerpo contra el mío. Porque (admito que pensé seriamente en quedarme) porque… porque… no… y tomándola de la cintura la hice a un lado para continuar bajando hasta el primer piso, bajar luego las escaleras que llevan a la zona ordinaria del complejo (todo lo que no es el faro para mi es ordinario) y luego caminé hasta la playita seguido por el guardia de seguridad que te asignan para cuidarte durante toda tu estadía. Hola Señor Balmart, me dijo cordial, hola, dije yo sonriendo a la carrera mientras caminaba a prisa. ¿También hoy me vas a seguir hasta la playa?, pregunté sonriendo, y el guardia me dijo, ya conoce el protocolo, debo asegurarme que todo está en orden y que su integridad física está a salvo. ¡Puterías!, exclamé yo con la misma sonrisa de antes, pero si así tiene que ser, que así sea mi querido hombre de lata, le dije resignado.

El buen guardía se adelantó unos pasos para abrir la reja de madera que cuida el acceso a la playa privada mientras reportaba algo por su radio, su inseparable radio. Adelante señor Balmart, me dijo amable mientras me cedía el paso, parece que el viento está más bravo que ayer, agregó tratando de sacarme inútilmente conversación. ¿Qué carajo le pasa a esta gente que no se da cuenta que luego de 29 días de ser huesped y de repetir este infame ritual del mar y el guardia no han podido hacerme hablar cuando toco la -arena y veo a los ojos a mi mar? Pero ellos insisten yo me divierto con sus rostros de sonrisa congelada (cara de “cue” le digo yo) y me acercó hasta donde el mar traza sus límites con la tierra.

-Después de unos minutos de total comunión con las olas y la sal, de escuchar de fondo el atronador sonido del viento norteño fuerte que aturde los oidos, y que de vez en cuando era violado por algún mensaje que daba el guardia por radio, decidí volver al faro. Tenía mucho que escribir. Así que di media vuelta y entré de nuevo por las rejas de madera. Ahora el guardia se retrasó para cerrarlas mientras yo caminaba rápido (como suelo hacerlo) de vuelta al fuerte de mi letras. Señor Balmart, exclamó mientras se ponía a mi lado apresurando su paso para recobrar el espacio perdido por haber cerrado la reja, dígame mi buen pitufo con radio, le contesté con fingida cordialidad, El día de hoy, ¿comerá?, dijo él realmente interesado y yo pensaba: aquí van de nuevo. Carajo, pero que manía esta de la gente de meterse con mis alimentos, ¿qué no saben que yo sólo preciso de mi faro, letras, nubes, viento, mar, arena, besos y sexo para subsistir? La comida es para los ordinarios, por eso le respondí con toda la amabilidad que pude encontrar en mi: Te vale madre, ¿no?, y sonreí como niño. El jovencito ya acostumbrado a mis desplantes sólo sonrió de nuevo. Y dijo al pie de las escaleras que llevan al faro, ¿Cómo va su libro? ¿Lo terminó? Soy un gran admirador de usted, dijo sonrojado y yo suspire hastiado, Va bien, dije sin entonación y sin detenerme subiendo las escaleras. ¡Señor Balmart! gritó el joven de nuevo mientras algo reportaba de nuevo en su radio, ¿quiere que le traiga café, agua o le hace falta algo? y yo contesté siempre cordial: ¿Quiéres que parta la madre si pones un pie en las escaleras o te aviente el frigrobar por la cabeza? No lo creo, contesté yo mismo.

El joven guardia se quedó en el pie de las escaleras mientras yo entraba a mi faro y cerraba tras de mi la puerta. ¿Todo bien mi amor? me preguntó la extraña mujer (qué manía de poseer personas, ¿”mi” amor? ) sí querida, le grité desde el primer piso y el guardia al pie de la escalera me preguntó: ¿con quién habla? a lo que yo no pude negarme a contestar: Con tu mamá… el guardia sonrió y pensando que no lo veía puso nerviosamente un pie en el primer escalón, acto seguido me vi forzado a aventar por la ventana mi botella de vodka absolut raspberry a medio terminar para hacer blanco en su pierna derecha. Nunca fallo y ellos nunca aprenden… ¡Qué no se acerquen a MI faro carajo! grité y el joven guardía se sobaba la pierna mientras algo reportaba por radio. Perdone señor Balmart, no volverá a ocurrir dijo servilmente el jovencito. Que extraño, un guardia que hacía guardia. Sí, al pie de mi escalera. Mañana es día de visitas, dijo cuidando no pasar la línea invisible que separa MI FARO del mundo ordinario. ¿Visitas? pensé, sí claro, ¡Dile a tu mamá que mañana no venga entonces, que vendrá tu hermana! le dije divertido.

¿Con quien hablas mi amor? me dijo la extraña mujer que insiste en poseerme. Estuve a punto de contestarle que con algún familiar suyo pero su exhuberante belleza me hizo replantear la respuesta, Contigo querida, le dije mientras le cerraba la boca con un beso.

Finalmente y luego de los besos y la pasión, me atreví a hacerle la pregunta a esta mujer extraña. Querida, perdona la locura de mi pregunta, pero estoy un poco aturdido por tus besos, ¿cómo te llamas? ella sonrió y sin contestarme me besó de nuevo (que manía también esta de las mujeres que piensan que un beso es respuesta a las preguntas precisas, esa técnica la uso yo cuando no quiero contestar algo porque me compromete) no, no, le dije, en serio, ¿Cómo te llamas? Ella me miro y suspiró. ¿Has pasado los últimos 4 años conmigo y no sabes como me llamo mi amor? (¿¿4 años??, debo guardar la calma) Bueno, ya sabes como somos los escritores querida, atiné a responder.

¡Bribón! me dijo tiernamente, ¡Siempre jugando conmigo y haciendo tus bromas locas! ¡Esta vez no caí! dijo mientras me hacía cosquillas (las cuales, dicho sea de paso, detesto) Miré por la ventana y el guardía seguía al pie de la escalera encendiendo un cigarro. ¡Fumar maaataaaa! le grité, y él volvió su rostro a mi y me sonrió sólamente sin apagar su cigarro. Bueno, muérete imbecil, pensé entre mi. ¿Con quien hablas mi amor? dijo la extraña mujer, Con el guardia querida, ¿cuál? ese, el del pie de las escaleras, ¡Pero ahí no hay nadie bribón! ¡Me querías sorprender de nuevo mi amor? ¡Eres un loco adorable!

Confieso que comenzaba a pensar que efectivamente había un loco en el faro, pero no era yo. Era ella. Eso o su visión es muy corta, o su sentido del humor muy precario.

¡Hazme el amor! me gritó, mientras me empujaba contra la pared de la habitación. Claro, dije yo, ¿porqué no? pero antes dime, en serio, ¿cómo te llamas? Ella echó su cabeza para atrás riendo. Pero su risa esta vez me causó miedo. Aléjate un momento querida le dije. Y ella se aferraba a mi abrazándome sin dejarme respirar correctamente. La intenté separar con amabilidad de mi pero fue imposible (que maldita fuerza tienen las mujeres cuando se aferran a un hombre así) me vi forzado a levantarle la voz pero tampoco funcionó. Comencé a desesperarme. Mientrás más quería apartarla más se se “adhería” a mi. Entonces comencé a gritar porque sus uñas se clavaban en mi espalda y me rasgaban la piel. Comencé a sentir como me corría la sangre por la espalda. Grité de dolor y usé todas mis fuerzas inutilmente para apartarla de mi pero era imposible, ella continuaba riendo y apretándome. Comencé a perder el aliento, su abrazo era tan fuerte que no podía tragar aire correctamente. Me sentir mareado, primero un poco y luego brutalmente, su risa me erizaba la piel, me di cuenta que era imposible luchar y sucumbí al mareo. Recuerdo que caí de espaldas sobre el suelo de madera del faro y su rostro cerca del mío me miraba sin parar de reir. La espalda… la espalda me ardía, me dolía…poco a poco mi vista se oscureció y fui presa de un profundo silencio acompañado de una negrura absoluta…

Cuando desperté el joven guardia del pie de la escalera, el que me había acompañando a ver mi mar esa mañana, estaba ahí, a mi lado. Me miraba preocupado y noté que había cambiado sus ropas de guardia azules por un traje diferente en colores chillantes. ¿Qué pasó jovencito? le pregunté, ¿atraparon a la loca esa? No deberían dejar entrar al faro a esa mujer, es peligrosa, me quejé.

El joven le comentó a alguien a quien yo no alcanzaba a ver algo en voz baja y me dijo luego: Señor Balmart, ¿Cuál mujer? Sí claro, pensé yo, ahora se quiere vengar jugándome esta broma macabra el hijodeputa, tú mamá, le dije divertido. Él sin reirse se acercó un poco más a mi y con compasión en la mirada me dijo: Debe comer mejor. Hemos tenido que canalizarlo para darle comida vía intravenosa, su estado es grave. Solté una carcajada, para broma era suficiente, ¡pero que humor tiene la juventud actual no? Mire guardia de segunda, le dije petulante, es mejor que salga de mi faro porque si no tendré que agarralo a golpes y aventarle la mesita de centro en la cabeza.

¿Cuál faro? preguntó el guardia, yo no soy su guardia señor Balmart. ¿Cómo que cual faro imbecil? ¡El puto faro de mierda donde yo escribo mi último libro que será un éxito como los anteriores! ¡Idiota! ¡Tráeme al gerente del complejo! ¡Llámalo de inmediato! le grité. Él sin inmutarse me decía que me calmara, que tendrían que sedarme de nuevo si insistía en ponerme violento. En ese momento algo sucedió dentro de mi y pude ver que el guardia, traía en su bata una identificación que decía “Dr. Morán” y me detuve en seco.

- ¿Qué clase de absurda broma es esta pedazo de….?

- Señor Balmart, Soy el Dr. Morán, su psiquiatra y lo he acompañado estos últimos 4 años en su “recuperación”. ¿Recuerda?

- Recuerdo a tu mamá, le contesté… ahora, déjame levantarme de aquí y afloja estas correas que me sujetan a la cama, debo terminar de escribir mi libro.

- Es imposible que haga eso señor Balmart, usted conoce el protocolo, cuando deje ser violento podré soltarlo y podrá estar con el resto de los internos. Si usted me promete no lastimarme a mi o alguien del personal, con gusto lo libero, ¿le parece?

- Entonces, ¿No estás bromeando jovencito?

- No señor Balmart.

- ¿No estoy en el faro?

- No, está en el asilo psiquiátrico “Buena Fe” en México

- ¿Y la mujer extraña? ¿Porqué me duele la espalda?

- Señor Balmart, tengo que recordárselo por su propio bien. La mujer extraña no existe. Es un invento de su cerebro para manejar la muerte de su esposa

- ¿Mi esposa?

- Hace cuatro años perdió a su esposa en un accidente carretero. Usted manejaba y en determinado momento perdió el control de su vehículo y cayó barranco abajo hasta el mar.

- Pero… el faro… yo, soy, escritor, ¿no es así?

- No señor Balmart. Usted era un empresario exitoso del puerto. No escribía.

(Un súbito recuerdo me invadió y comencé a llorar)

- ¿Ya lo recordó?

(Sí, ya lo había recordado… recordé a MI amor… el amor de mi vida)

- Sí Doctor Morán… ahora lo recuerdo…

- Ahora lo dejo un momento, debe traquilizarse, hablaremos de los cinturones cuando vuelva.

Cómo no recordarla. Recuerdo que habíamos pasado una temporada en el faro, nos encantaba el lugar, y que volvíamos al puerto. Era diciembre y debíamos comprar los regalos de navidad. Lo demás, no quiero recordarlo.

¿Ya estás más tranquilo mi amor? Me dijo una voz femenina a la que giré mi cara instintivamente. Era ella, la mujer extraña… sujetaba mi mano con ternura y me explicaba que me había desmayado sobre el suelo mientras jugábamos. Debía ser porque no había comido bien los últimos días. Sentí el piso de madera debajo de mi y un extraño ardor en la espalda.

Ya recuerdo como te llamas, le dije, y me incorporé para besarla. La besé largo y lento. La besé y disfrute el beso como si fuera el último beso que le daría. Se dejo llevar por mi y la recosté sin dejar de besarla en la cama. Hicimos el amor como si tuviéramos 14 años.

Alguien tocó a la puerta por la madrugada. ¿Quién? grité desde mi cama, soy yo, el Dr. Morán, me dijo la voz desde fuera. ¿Puedo entrar?

Miré a la mujer que he amado más que a ninguna otra en todo mi vida acostada a mi lado, desnuda y durmiendo plácidamente, con la boca entreabierta y un rostro en paz. ¡No, Doctor Morán, no entre todavía!. Demé unos minutos más para despedirme, suavemente y con toda la delicadeza posible le di un beso en la frente buscando no despertarla, todavía recuerdo su sabor como a vainilla en mis labios.

Tengo que entrar señor Balmart, debemos cambiar la intravenosa, insitió el Doctor Morán. Adelante, le dije, estoy listo….

Technorati technorati tags: , , ,

Technorati Tags: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,