La vida está cimentada en las decisiones que tomamos en cada instante. Si bien es cierto que cada momento es una nueva oportunidad para comenzar de nuevo, también es cierto que en cualquier momento podríamos entonces tomar una decisión que cambie el rumbo completo de nuestras vidas.

Las decisiones son los escalones que nos han traido hasta donde estamos. Cada decisión que hemos tomado nos ha llevado por la vida y nos ha enseñado todo lo que hemos aprendido. Nuestra vida es un cúmulo de decisiones, una cadena de decisiones.

No hay buenas o malas decisiones, todas las que hemos tomado nos han enseñado algo.

Yo he aprendido que tomar un decisión implica elegir uno de dos caminos (o 3 o más) pero no implica querer explorarlos todos. Es decir, si decides ir por la derecha camina hacia la derecha pero no vuelvas atrás para averiguar que “hubiera pasado si hubieras tomado el de la izquierda” porque entonces no se avanza en la vida y se vuelve al punto original.

Creer en uno mismo es respetarse. Y respetarse es quererse. Si has tomado una decisión, respétala y exige que sea respetada por los demás, pero sobre todas las cosas: por ti mismo. Ser feliz es un decisión. No es cuestión de ambientes o de niñez, o de culpables. Es cuestión de decidir. Decidirse a quererse a uno mismo tanto y respetarse tanto que no se aceptarán cosas, personas, situaciones, pensamientos en nuestras vidas que nos impidan ser felices.

Y deshacerse de la basura emocional es una tarea que requiere mucho valor. Una vez que esa basura no se tiene nos damos cuenta que podemos ser felices y entonces… llega el temor… sí… el temor a la felicidad. Hemos estado tan acostumbrados a la vida que llevábamos que nos da pavor cambiar aun cuando el cambio implique felicidad.

Me recuerda un episodio de “Los Simpson” cuando los ancianos del asilo donde vive el papá de Homero se dan cuenta que son libres (por alguna situación que sucede) y salen a la puerta del asilo gritando y alegrándose. “¡Somos libres! ¡Sí! ¡Somos libres!” se oyen los gritos y luego un silencio… nadie dice nada… es el silencio del “¿y ahora?, ¿qué hago con la libertad?” uno de los ancianitos dice: “aquellos jóvenes se ven malas personas, mejor volvamos a nuestros cuartos” y todos están de acuerdo. ¿Cuántas veces nos hemos parado en la puerta de nuestros asilos, gritado y celebrado y luego del silencio encontramos cualquier pretexto que nos permita volver a lo que ya conocemos aun cuando implique cortarse las alas y ponerse los grilletes por cuenta propia?

Pero es importante saber que estar en ese círculo, cerca de situaciones que nos provocan ciertos sentimientos es una decisión propia. Los grilletes está sueltos, la reja no tiene llave. Podemos salir cuando queramos pero es más sencillo culpar a los demás por nuestro supuesto cautiverio. Siempre habrá justificaciones y razones para no tomar la responsabilidad de nuestras vidas, siempre habrá alguien o algo que nos servirá para evitar vernos a nosotros mismos y ser honestos. Siempre habrá la lástima, la compasión, la mediocridad, la mentira abierta, el “gran corazón”, el egoísmo, y cualquier número de elementos que nos permitan basar nuestros argumentos para justificar ante el mundo que seguimos atados y encerrados en un carcel que nisiquiera es carcel.

La novedad es que todo eso puede terminar. Tomar una decisión es muy sencillo. Salvo que decidas que sea difícil tomarla.

La vida que tenemos hoy, es el resultado de las desiciones que tomamos ayer. La vida que tendremos mañana es el resultado de las decisiones que tomemos hoy. No hay manera de sembrar manzanas y cosechar uvas. Si siembras manzanas, cosechas manzanas. La culpa no es de nadie, sino de quien siembra por esperar cosechar algo diferente a lo sembrado. ¿Para qué nos quejamos entonces? Mejor seamos responsables con nuestras decisiones y asumamos el precio con madurez.

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