Espaciado
Debo detenerme un momento a pensar y escribir. Me he subido a un tren que no es el mÃo totalmente y he intentado disfrutar del paisaje en este viaje a Diossabedonde. Debo poner más atención al llamado del alma y menos al llamado del cuerpo. Corro el riesgo de convertirme en un objeto sin esencia, en un número más, en un empleado más, en un ciudadano más de la urbe.
Debo poner atención a mis prioridades y volver a sentarme en la mesa de juegos con el señor “Destino” como dealer. Soy un elemento activo, un factor de cambio. Jamás debe pasarme por la cabeza que soy sólamente un empleado que genera dólares con su trabajo.
Debo recordar que estoy loco. Porque de pronto me volvà cuerdo y común deslumbrado por los cambios tan rápidos y radicales que ha habido en mi vida. De ser un corrededor de la carrera, un actor de mi pelÃcula, tuve la osadÃa de sentarme a observar cómo sucedÃan las cosas comiendo palomitas como si nada de lo que sucederÃa pudiera ser cambiado.
En algún momento me volvà cuerdo. En algún momento perdà mi “agarre” al mundo de José Balmart y me volvà sólamente Joel Balboa, el que aceleró su ritmo de vida a fondo en un coche al cual no sabe si le sirven bien los frenos. Es un riesgo muy grande para “los del gremio” encontrarse de pronto con una pared y un dictador llamado “sentido común” que te ordena sentarte a ser espectador de tu propia vida.
Dios es bueno conmigo porque me recuerda continuamente que hay mucho más para mi que esta coriente normalidad. En el pecho como un fuego que me quema se aviva la necesidad imperiosa de subirme a la mesa de la oficina y declamarle una poesÃa al árbol que miro por la ventana, de contarle un cuento a mi asistente y bailar sin música, de ir al café con mi libreta de apuntes y ver pasar a la gente en el corredor de las vanidades tabasqueño (SÃ, aquà hay uno también) para escribir lo que me dicten las musas superfluas de los centros comerciales y las almas viejas del centro histórico de la ciudad donde vivà muchos años.
El centro… ese espacio mágico en donde las calles adoquinadas visten el suelo que transita un pueblo entero sin aires acondicionados que ensucien el olor natural de la tarde al aire libre. Ese sitio en donde mi libreta actual me serÃa pequeña para capturar cada memoria que se genera como instantáneas del recuerdo. El sitio en donde los “viejitos” caminan lento con su bolsita de pan y su mirada en paz, que todavÃa te dan las buenas tardes como si fueras de la familia, en donde habitan los pájaros que sirven de música de fondo al espectáculo vespertino, donde pasa un niño corriendo con su globo recién comprado y un padre que cuida dos helados mientras lo sigue apresurado, el sitio en donde el pueblo se convierte en gente, en gente única y con miradas insustituibles. Donde llega el olor al pan recién hecho de la panaderÃa de la esquina, por donde pasan los extranjeros tomados de la mano con mochilas en la espalda, donde la galerÃa de arte “El jaguar despertado” te espera con puertas abiertas para que luego pases al “Museo de los azulejos” y termines envuelto en los olores y sonidos de una tarde tabasqueña en una banca del café tradicional donde se sientan los viejitos a discutir a gritos fraternos desde hace más de cinco décadas y uno tiene la idea que son siempre los mismos pero la verdad es que siempre cambian, porque a esa edad la muerte se toma el café con ellos y se la puede ver sentada en la mesa con sombrero de copa y bastón elegante. Pero ellos nunca se rinden y siempre hay un nuevo viejecito listo para relevar al que se quedó dormido y por eso la mesa siempre está llena de años, de risas fuertes y café recién hecho.
Yo soy del centro. Del lugar en donde se genera la prosa, se escribe la poesÃa. He venido a recordarlo aquÃ, el origen de mi locura.
El centro con sus tardes apacibles y serenas, a donde llegaba caminando desde mi casa que estaba también el mismo centro, dentro de la magia, justo ahà donde no habÃa que abordar un coche, ni pagar diez pesos de estacionamiento, ni vestirse como “gente bien” para ajustarse a las normas que te impone el supuesto y ridÃculo “glamour” de un centro comercial que estúpidamente y de manera insultante muchos hemos osado llamar “La plaza” traicionando a la verdadera plaza, al verdadero sitio natural, puro, auténtico donde se genera la sonrisa.
El centro al cual se asiste en jeans y playera, a pie, el centro en donde el trayecto es ya el viaje, en donde Tabasco se muestra tal cual es y la gente sigue siendo gente, no empleados, no objetos. En donde la palabra “tradición” tiene sentido porque el señor que me cortaba el cabello a las 8 años sigue teniendo su local y ahora podrÃa cortarle el cabello a mi hijo en su negocio que jamás se llamarÃa “estética” porque siempre ha sido una “barberÃa”, y en donde siempre que iba me gustaba que me contara las anécdotas que una barberÃa germina, el sitio donde más de una vez me cambiaron el corte y algunas más mi osadÃa en los cambios de corte me hicieron soportar las miradas burlones de mis compañeros de clase de aquellos tiempos. SÃ, siempre fui osado. Algunas veces definitivamente el señor que me cortaba el cabello se negaba a seguir mis ideas, pero la más de las veces me gustaba su expresión cuando le explicaba cómo querÃa el corte y mientras me cortaba, absolutamente convencido de que lo que hacÃa era una locura pero también intrigado por el resultado.
EL centro en donde pasaba mis tardes, todas, sentado en el café de la calle “Juarez”, en donde besé a más de una mujer y le escribà canciones a más de un desamor, en donde hablaba ya en ese entonces de mi vida futura y mis planes, donde aprendà a reir con estridencia al aire libre con los amigos soldados del café vespertino y desafiábamos las miradas de los “mayores” que nos miraban extrañados por ser jóvenes que tomaban café y no se emborrachaban en las discos. Siempre fuimos especiales, el Centro nos afirmó y nos conviritió a todos en bohemios, amantes de lo sencillo y filósofos tempranos que jugaban a vivir y vivÃan, siempre con pasión, siempre con total pasión.
¿Dónde está José? ¿Estará tomando café en la calle Juarez, o buscando mesa en alguna cafeterÃa novedosa del centro comercial? Lo único que sé es que se ha aburrido de mi por el exceso de normalidad y cordura de la que me he vestido como defensa estas últimas semanas en las que permità que me separaran de mi mar, el mar que siempre habÃa sido mÃo. ¿Dónde estará José? ¿Conquistando a una hermosa tabasqueña sencilla de las que caminan frente al café del centro, o mirando los pantalones de marca entallados y apretados sobre los glúteos de las chicas que van a tomar café al sitio donde mejor se vean aunque sólo hablen de quién salió en la revista “Gente Bien” este mes y se conozcan los apellidos de la gente de dinero en Tabasco?
¿Dónde estará José ahora? ¿Discutiendo el último libro de Saramago con una mujer de mirada auténtica o divirtiéndose con las estupideces de una belleza de concurso que piensa que la pelicula “El perfume” es muy boba y aburrida y recién se entera que existÃa un libro en el que se basaron? ¿Cantando acapella con un café en las manos las de Fiilio mientras conquista a la mujer que conoce la letra y hace la segunda voz, o hablándole al oÃdo a una rubia maquillada en un antro de moda con el pretexto de que “la música está tan fuerte que me tengo que pegar mucho a ti para que me escuches”?
Donde quiera que José esté, no está aquÃ. Las oficinas no son para él. Lo suyo es otra cosa. Es algo más. José es libre, tanto, que ni yo mismo lo puedo atrapar y sentar aquÃ, en esta oficina que es linda, pero donde nadie canta en voz alta, ni declama poesÃas, ni escribe cuentos, ni cuenta historias, ni llega feliz a contarte en las mañanas que tuvo un sueño en donde su vida era mucho mejor que lo era esa mañana.
Por lo menos, yo estoy aquÃ, de nuevo. Escribiendo espaciado y prometiéndome a mi mismo que esos espacios entre post y post deben ser menores. Debo conservar mi locura, lo poquito que me queda de ella y tal vez, un dÃa, me encuentre a José en el mismo café y nos rÃamos juntos.
Además, los ejes de mi carreta NUNCA los voy a engrasar…
“Es demasiado aburrido seguir y seguir la huella, andar y andar los caminos sin nada que me entretenga”
Los ejes de mi carreta “Fragmento”
Y aquà está mi himno, de pie y con lágrimas en los ojos lo canto: “Castillos en el aire”, aprecia la letra, aprecia el mensaje… Me quedo con el “¿o no?” del final de la letra.
“Y los demás quedaron en el suelo guardando la cordura…”
Castillos en el aire (Fragmento)
Alberto Cortés.
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March 7th, 2007 at 11:51 am
Joel,
no sabes cómo se me erizó la piel al leerte y al mismo tiempo, leer-me lo que no he querido, podido o tenido tiempo de sacar de mi. Es bien fácil apendejarse y ponerse a comer palomitas mientras tu vida pasa frente a tus ojos, es bein fácil además sentirse cómodo asÃ. Gracias por tu corazón, por tu inteligencia y por tu talento. Gracias por, para variar, recodar-nos.
March 7th, 2007 at 12:22 pm
hey primo!! ya te extrañaba!!!!! dejaste muchos dias de escribir!!!
te mando besos
te quiere
cowquita