Todos los días para ir a casa debo pasar por una glorieta muy transitada y conocida en la capital tabasqueña. No es divertido de unos días para acá. De niño pensaba que ser policía sería divertido, con tu traje, tu pistola, capturando a los malos. Pero en realidad no es tan divertido como parecía en aquellos años.

Esta tranquila ciudad se ha vuelto un campo de guerra donde uno de los grupos más poderosos del narcotráfico mexicano ha decidido instalar su campo de batalla. Nadie imaginaría que rodarían cabezas y no en sentidos metafóricos de aplicación de la justicia, sino lameblemente de manera literal. Los terroristas urbanos (así se debería llamar a estos grupos) arrojaron hace no mucho tiempo una cabeza humana en las instalaciones de la sede policiaca de la capital. Luego, las ejecuciones comenzaron. Noticia de todos los días es una nueva ejecución de policías y ex policías.

La glorieta citada al principio de este post es un sitio indudablemente crudo, que nos devuelve a la realidad que vive este país. No la realidad demagógica ni la realidad que conoce el Distrito Federal. La realidad “provinciana”, esa que muchos capitalinos se quejan de que los “provincianos” hacemos tormentosa.

Imagina por un momento que camino a casa, tomas la misma ruta que todos los días. Esta vez, la pared de uno de tus puentes a desnivel tiene la pintura caída en pedazos. Esos pedazos precisamente en donde los cientos de balas quedaron clavadas. Miras esperando cambio de luz del semáforo y observas la ruta que siguieron los sicarios en su loca carrera de muerte mientras ejecutaban con 3 vehículos (uno arriba de un puente a desnivel, uno detrás y otro de frente) al convoy cargado de policías que iban a entregar su equipo para retirarse por el día. El mismo convoy que no devolvió UN SOLO TIRO, que los policías de la parte trasera de la camioneta quedaron tirados entre heridos y muertos uno sobre otro, donde el chofer de la unidad murió al instante intentando heróicamente eludir el ataque (no repelerlo, huir) de donde el copiloto alcanzó a pedir ayuda por la radio y salió corriendo para que una bala le diera en el pecho, le atravesara el chaleco y quedara tendido sobre el pavimiento de la avenida principal, donde se detonó una granada, donde los refuerzos llegaron demasiado tarde.

Esa es la glorieta. La misma en al que murieron en ese instante dos policías cumpliendo su deber. Personas comunes, con un trabajo extraordinario dadas las condiciones de trabajo que se dan en este país de maquillajes, destinados a ser los héroes de provincia, los muertitos de “no pasa nada”, los velorios de “ustedes los provincianos”.

Imposible no mirar esa pared y no sentir escalofríos. Saber que pudiste haber estado ahí, detrás de la camioneta antes de ser emboscada, o delante, o a un lado, en espera del cambio de luz del semáforo.

Yo no sabía lo que era vivir en una ciudad en donde la muerte ronda con su “Cuerno de Chivo” al hombro. Ahora lo sé, y no, no es divertido. No es divertido y tampoco quisiera ser policía como cuando era niño, porque aquí los malos siempre ganan. Aunque en la “capital” piensen que somos pueblerinos que nos espantamos por todo, gracias a Dios la muerte de inocentes todavía nos espanta.

Descansen en paz los que han muerto y los que morirán.

Technorati technorati tags: , , , , ,

Technorati Tags: , , , , , , , , ,