Llegué a la selva luego de caminar por la playa. El viaje ha sido por carretara esta vez y le he encontrado un gusto interesante. Pude pensar mucho y reflexionar sobre cosas que debían resolverse, reflexionarse, pensarse. No me gusta caminar por la vida como si no caminara, como si sólo me dedicara a sobrevivir el día. Por eso a uno le da por pensar, por reflexionar y cuando haces todo eso: te da por soñar pero con los pies bien puestos en la tierra.

Veo como el horizonte es más brillante de lo que parecía ser, mis ojos más claros de lo que eran y mi camino más seguro que lo que llegué a pensar. Veo como se derrumban fortalezas, se abaten argumentos, se desmoronan gigantes de sal que volvieron la vista atrás.

Aquellos fantasmas que antes atormentaban mi sueño como grandes e imposibles de evadir, hoy no son más que granos de arena erosionada por el viento, por el magnífico y sabio Espíritu. ¿Cómo pude perder tanto tiempo en temor de ellos? ¿Cómo pude entregar mi voluntad y mi presente a personajes vacíos, huecos, acartonados que prometían castillos y seducían con lisonjerías para aturdir la presa? ¿Cómo pude comprometer mis principios y mi esencia?

Como sea, aquí estoy. Mirando una retrospectiva de decisiones que en apariencia fueron mal tomadas, pero que en el resultado final me trajeron hasta donde hoy estoy. Hasta este castillo verdadero en donde estoy parado mirando los recuerdos que enseñaron como maestros implacables un curso intensivo sobre la vida y la luz, en contraste con la muerte y las tinieblas.

Estas manos que acarician las plásticas teclas de la laptop, son las mismas que acariciaron la esperanza con rostro de mujer, las mismas que se asieron a rosas rojas que se regalaban como se hacía en aquellos tiempos de caballeros y fina estampa.

Estas manos son las mismas que acarician en sueños la cara de la mujer de ojos de sol, el cabello lacio y largo de la musa real, auténtica. Estas manos son las que perciben, tocan, entregan y reciben una nueva mañana, un nuevo sol, una nueva vida.

Veo el camino oscuro pasar por la ventana, las vaquitas a los lados del camino, los caballos en sus corrales, las luces del campo silencioso que cantan alegorías sobre el pueblo y las raíces. Observo mis manos, las mismas que al tocarte hacen que tiembles y te estremezcas, las mismas que te aprientan la mano pequeña y fragil para protegerla.

La carretera está reflexiva esta noche y yo, me descubro conduciendo esta reflexión lejos de la oscuridad para llegar temprano con el sol al amanecer de mis desvelos.

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