De pronto, me vi sumido en un tornado de papeles, hojas, fotografías, computadora, y demás cosas que había ido acumulando en la oficina que usé durante casi 5 meses. Es increíble cómo uno va juntando cosas. Yo llegué sólo con mi lap en mi backpack y ahora que me cambio tuve que dar varios viajes acarreando cosas.

Por fin me instalo en este lugar que me hace lanzar un suspiro. A este lugar llegué en Enero, cuando me cambiaron la residencia de mi mar a la selva. Me trajo esos recuerdos de los primeros días en esta ciudad, en esta oficina, con estos compañeros. Cuando llegué y me sentía todavía temeroso e inseguro de lo que vendría. Cuando no sabía lo que sucedería en mi vida y todo era nuevo, todo me asombraba. Recuerdo esos días. Cuando me engañaba a mi mismo diciéndome que no era un cambio permanente que en un mes estaría de vuelta pero sabiendo en el fondo que la estancia aquí sería más larga.

Esta oficina a donde ahora me cambiaron, no tiene la ventana que me inspiraba tanto a escribir. Por donde veía los árboles verdes intenso y el cielo azul como el mar. No, no hay ventana aquí. Aquí hay una ventana diferente: la ventana del recuerdo.

Esa que nos permite asomarnos a momentos anteriores de nuestras vidas, recordarlos y darnos cuenta cuánto hemos avanzado.

Me veo a través de esa ventana hoy. Me veo subir las escaleras, entrar con la mochila en la espalda, abriendo la puerta tímidamente y sonriendo al buenos días de la recepcionista. Sonriendo pero por dentro temeroso de lo nuevo. No sabía cómo sería recibido. No sabía, para ser honestos, si podría con la nueva asignación que me habían encomendado.

Tenía miedo. Basícamente miedo. Miedo a sentirme sólo, miedo a no adaptarme, miedo a fallar, miedo a extrañar demasiado a Joelito, miedo a que él me extrañara demasiado, miedo… llegué con una maleta llena de miedos.

Me veo entrando a esta oficina, poniendo mis cosas y preguntando tímidamente por lo que me hacía falta. Casi no quería hablar en voz alta, me sentía extraño, ajeno, como un intruso, fuera de lugar… y realmente lo estaba, mi mar estaba a casi 500 kilómetros de distancia, no se oían las olas aquí ni se sentía la brisa del mar acariciarte la cara, definitivamente estaba fuera de lugar.

Aquí había verdes intensos, había una ciudad disfrazada de selva, había lagunas y animalitos selváticos mezclados con el paisaje urbano.

Me veo pues, sentado en esta misma oficina en la que ahora estoy. Escribiendo mis posts, asiéndome de lo conocido que eran mis letras, desahogando la mente, la angustia y la espera.

Ahora, estoy aquí. En este momento. Escribiendo. Veo que el 99 por ciento de mis preocupaciones y angustias no eran reales, que mis demonios y fantasmas (que también venían en la maleta) se fueron, empacaron sus maletas cuando se dieron cuenta que no podían tocarme. Se hartaron de intentar hacerme caer al suelo maltrecho, olvidando que yo soy como los gatos y siempre caigo de pie.

Respiro el olor a selva, el olor a calidez, a humedad, de esta tierra majestuosa y llena de aventuras diarias. Respiro suavemente, no agitado, no angustiado, no conteniendo el llanto. Simplemente respiro y me doy cuenta cuan vivo estoy.

Entonces, no puedo más que estar agradecido. Agradecido por todo lo que he aprendido aquí, por todo lo que he crecido. Por todo lo que me ha hecho ser más fuerte, más sólido, más aguerrido y más terco que antes. Por todo lo que me ha dado esta sonrisita cínica de aquellos que vivimos y no hacemos cómo que la vida nos pasa.

Me dijero hace poco que una manera de saber que Dios está actuando en tu vida es porque comienzan a haber cambios. Me agrada la idea. Me gustan los cambios. Y como dijera Sabines: me gusta Dios.

Este es un cambio importante. No es sólo un cambio de lugar en una oficina. Es un cambio en mi vida. Un cambio que provoca un “reality check” un cambio que me recuerda que lo hermoso, lo bello, lo que realmente vale la pena siempre está frente a nuestros ojos y nos lo perdemos buscando lo visible, lo “unánimemente bello”. Que me recueda qué pérdida de tiempo es aferrarse a quienes hemos permitido que nos dañen habiendo tanta gente buena en el mundo. Que me recuerda quién soy yo realmente, no quién me había creído que era.

Que me recuerda que el amor está a la vuelta de la esquina, que no hay mejor regalo que una mañana habiendo dormido de corrido, que el sol es hermosamente cálido y amable, que la noche es admirablemente callada, que la vida es una obra de arte, que el futuro se construye en este momento y el pasado es desechable, que soy libre, libre para amar, libre para correr, para pintar, para escribir, para llorar, para reir, para ir y venir, para pensar, para imaginar, para luchar, para aprender, para volar…

Debo suspirar ahora…y lo hago… con un suspiro de esos que sólo se lanzan cuando el alma está en paz y llena de esperanza, llena de ganas de vivir, llena de amor que das y qué recibes.

Vuelvo al lugar en donde todo comenzó. Como si de pronto me fuera anunciado que mi curso intensivo sobre la vida terminó y ahora estoy preparado para volver al lugar a donde pertenezco para continuar el cumplimiento de mi propósito en la vida.

Ustedes lo saben ya, y no me apena decirlo. Cómo me podría apenar mencionar que todo lo que logrado en mi vida ha sido con ayuda. Cómo podría apenarme decir que la mano que me ha sujetado todo este tiempo, el abrazo que me ha acompañado día y noche, el amor que me ha dado vida, el único que logró mucho más que cualquier terapia psicológica, que alivió mucho más que cualquier medicación, el único que podía quitarme el miedo y la angustia, que pudo sanar de una vez y lograr en mi incluso aquellas cosas que me parecían imposibles es Dios. Jamás hubiera podido sólo. Apartado de él, no soy nada. Con él a mi lado, soy yo, plenamente yo. Integralmente yo.

Cambios… me gustan los cambios. Vuelvo a aquél pensamiento emocionado de esos días: “¿¿¿Y ahora qué sigue???, ¿Quién doblará la esquina?, ¿Qué nueva sorpresa me trae la mañana?”

Es hermoso vivir en constante asombro. Pareciera que todos los días, son navidad.

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