El sol no salía cuando abandoné la selva en el corcel blanco. Se asomaba tímida la mañana como no queriendo despertar a los habitantes de esta ciudad disfrazada, que en realidad es una selva “undercover”. Esperaba que mis compañeros de viaje bajaran para emprender el mágico viaje hasta la costa, la costa en donde descansa el mar, el mar que es mío.

Tomé mi celular y le escribí unas líneas a “ella”. Le conté sobre mi emoción de abandonar el infierno verde para llegar al horizonte azul y limpio. Finalmente, ahí estábamos ya. Listos para salir. La carretera era un acumulado de añoranzas, un nostálgico trayecto de vuelta al origen, al punto del cual no debí haber salido jamás. Pero ahora comprendo que tenía que irme para sacudirme la mierda que se me había pegado a los zapatos, de hecho, para cambiar los zapatos.

4 horas hermosas. Un camino lleno de sol, de nubes, de figuritas en las nubes, de vaquitas a los lados del camino. De casitas humildes y de un olor a mar que se acrecentaba a cada metro de avance.

Llegué con la mañana al puerto. A pesar de que llevo en esta casa cerca de 4 años, la alberca siempre había sido un ornato más. No un elemento que fuera posible usar. Sin embargo, este viaje fue diferente. Llegué y no podía esperar para saltar al agua. Lo necesita, realmente era necesario recoincilarme con el agua, con el sol, con la paz. Sin hacer otra cosa más que saludar y dar los besos de rigor a los viejos, me tiré al sol. Entre al agua. Solo en la allberca, con el sol sonriendo y bronceando mi ausente de sol faz. Bajo el sol, en mi elemento, en mi país, en mi planeta… en mi mar… desde mi casa se puede escuchar el rugido del mar. Yo lo escuchaba mientras dormitaba en el agua con medio cuerpo salido. Escuchaba al mar hablarme, gritarme, reclamarme, agradecerme mi vuelta.

Este soy yo. Libre de mi mismo, libre de ausencias, lleno de prencias. Yo el que se cura cuando llega al mar de toda posible dolencia. El que no podía esperar para escribir. El que asume la vida como la consecuencia de ser feliz.

Ya estoy en el mar. Ya estoy en casa. Puedo sonreir pleno mientras pececito me abraza emocionado por mi llegada y compartimos el sol, el agua y la paz… sobre todo las risas…

El mar es mío… Yo soy del mar…

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