Sueño que llega la mañana y el sol dibuja su caprichosa silueta contra las olas que se escurren hasta la playa. Que el viento moderado aparece con los primeros trinos de las aves hermosas que despiertan luego de una hermosa noche de paz y consuelo. Que tu cuerpo cálido se dibuja bajo las sábanas de esta habitación blanca con una gran ventana al mar por donde entra el sol hemoso, radiante que abraza con sus brazos imaginarios a los todavía somnolientes habitantes de nuestro planeta privado, de nuestro espacio reservado en el tiempo y el espacio, del sitio a donde acudimos cuando nos hace falta mar, amar y ser amados.

Te veo ahí, apenas quieta, estirando los brazos y sonriendo ante el beso que te doy en el cuello a manera de buenos días. Sonreímos y nos decimos todos sin decir nada. El aroma de café impregna la habitación, el sonido de las olas inunda nuestra imaginación y yo y tú nos tenemos, uno al otro, como soldados, como protectores mutuos de sueños, como defensores de las ironías, de la plusvalía de los sueños, de la eternidad de un beso, de la importancia invaluable de un abrazo, de la sofisticada red de sonrisas que desata una caricia tierna, amorosa, navegantes de la lluvia de mayo, reyes de los vientos de octubre, propietarios intransferibles de la salida del sol, de la oración conjunta y del beso mágico; pastores de conciencia, activistas del realismo de derecha, caballeros y princesas, jinetes de unicornios, magos de la vida, almas sensibles y pensantes…

Buen día princesa, tal vez no sea el príncipe de cuentos que mereces, pero soy yo… el que comprende cosas y aprecia el silencio…. el que escribe con el corazón fuera del cuerpo, el que cuenta cuentos y narra historias, que sorprende con detalles y que ama sin deficiencias, el que se inventa una sonrisa de casi cualquier cosa, el que te provoca reir con sus locuras, el que te abraza aún cuando no se lo pidas y te defiende de los dragones, las brujas malas y los cuentos de terror escondiéndote en sus brazos, en su mirada, en su oración…

Quédate un rato más en cama conmigo oyendo el mar, sintiendo el calor del día, asumiendo la vida y la felicidad como una decisión conjunta de no claudicar, como la oportunidad de reirnos del pasado para sembrar en el presente. Como guerreros, verdaderos guerreros del amor, del que vale la pena sentir por más miedo que nos provoque.

¿Escuchas las olas?

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