Lento, despacio, pausado se oculta el sol resbalándose por el horizonte. La sombras se filtran por las paredes blancas y las vuelven grises, el silencio comienza a invadir el carril del ruido y colisonan de frente. Los últimos gritos del día se escuchan, agoniza la tarde y muere la luz, duerme la luz, se cancela la luz.

La luna redonda invade el firmamento, coqueta de reflejos luminosos, borracha de oscuridad, riendo sin sentido sobre el mar calmado que duerme indiferente ante mi penumbra. Iluminando las superficie del agua salada que va y viene a esta orilla en donde descansa el tiempo, en donde se sienta a meditar el miedo a lo común, a lo ordinario, a lo natural.

La arena dibuja en el suelo un sendero de pasos, parecen los míos pero no estoy tan seguro… no se a donde llevan, si acaso llevan algún lado, porque terminan la intermitente secuencia justo donde comienza el mar, y las olas borran la evidencia de que alguien pasó por aquí, dejando a al imaginación la oportunidad de decidir si me vuelvo un fantasma de mi mismo, un invento de mi propia mente o si me convierto en roca, en arena, en silencios interminables encadenados a una lágrima que nos lleva al fondo, a mi y a mi imaginación juguetona que tantas rosas ha aplastado.

Se supone blanca la espuma que se forma en el tope de las tímidas olas que rompen cariñosas sobre la arena. Se presume blanca, pero no se sabe, porque aquí nunca se sabe, porque en la oscuridad el color blanco es sólo un idea loca, un recurso surrealista, una mentira piadosa. Se presume blanca la espuma, como se presume que sonrío, que aún tengo esperanza, que todavía creo en mi mismo, que todavía espero paciente la conquista de lo inconquistable, el premio a la buena educación. Se presume blanca la espuma, pero no se sabe, se supone.

Si el niño escarba en la arena, no encontrará tesoros, tal vez encuentre demonios, muertos, monstruos, o lo que sería peor: tal vez encuentre olvido y entonces, cuando se de cuenta que su espera fue una mentira se convierta en sal de tres decadas, en arena de más de diezmil días, en un estorbo a la imaginación loca de los predicadores de esperanza barata.

Lento, despacio, pausado… una a una, las profecías que hablan de amor, no se cumplen más y ya no quedan profetas que se atrevan a enfrentar al destino, a contradecirlo, a modificarlo, a gritarle en la cara que se equivoca, porque aquí en la oscuridad de la noche que ha caído plena, nada se sabe, todo es aparente.

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