Se levanta temprano para pintarse la sonrisa frente a un desgastado espejo que ha reflejado su vida por tanto tiempo. Un espejo que le recuerda que debe sepultar bajo gruesas capas de maquillaje blanco lo pálido de su semblante, adolorido de tanto llorar, cansado de soñar y seguir soñando. Por lo menos él no será un hipócrita, no se reirá en voz alta, no fingirá una sonrisa donde no existe tal, no dirá una frase elocuente, no pretenderá interesarse, no simulará que lo entiende todo, no bailará una danza cómica destinada a rebajar su dignidad como pago por unas risas cualesquiera, no hará malabares frente a los automóviles que esperan el cambio de luz del semáforo, ni tragará gasolina para luego escupirla convertida en fuego. Ni siquiera tendrá que mendigar por las monedas. No tiene que pedirlas a los transeuntes postrado en el suelo de las concurridas calles del centro de la capital del país, no tiene que pensar en su discurso, ni fingir una dolencia, mucho menos cargar un pequeño niño drogado para que parezca enfermo en sus brazos.

El se levanta temprano para pintarse una sonrisa frente a un desgastado espejo que ha reflejado su vida por tanto tiempo. Se pone su traje negro que contrasta con su cara blanca. Sacude un poco el viejo sombrero de copa que considera parte de su imagen corporativa, se lo acomoda en la cabeza y se asoma por la única ventana de su diminuta habitación. Hay un sol maravilloso hoy, habrá que llevar sombrilla para evitar los excesos del astro rey.

Así, camina, observa, pero sobre todo calla. En absoluto silencio deambula por las calles del centro histórico del Distrito Federal. En absoluto silencio y con expresión de ausente. Como si fuera un muñeco de esos que visten Prada en los aparadores de las tiendas de Mazarik, pero este se mueve. No sonríe, sólo se mueve. Llega frente al zócalo capitalino. Aquí es cuando comienza a hacer su trabajo. Aquello para lo que se preparó desde que se levantó, aquello que sólo Dios y el chapita que está a su lado saben cuanto tiempo lleva haciendo día con día. Se prepara. El cuerpo apunta hacia el zócalo. Como si hiciera honores la bandera. Suspira y comienza con orgullo a hacer su trabajo: nada.

No hace nada. No se mueve. No habla. No sonríe. No dice cuentos colorados. No infla globos para darles formas zoológicas. No hace nada. Sólo se para ahí. Abre su sombrilla y aguarda. No pide dinero, pero los que pasamos no podemos dejar de arrojarle unas monedas. No dice gracias y en su silencio no asombra su arte y profesionalismo. Levanto la cámara Pentax Single Reflex que llevo colgada al cuello y a escasos dos metros de él verifico que el foco esté a distancia. Se ve clarito. En Blanco y Negro.Así que tomo la foto en un rollo análogo (nada de cámaras digitales) de 35mm blanco y negro proceso C41. No me gusta retocar fotos digitalmente. Así que sólo tomo la foto. Sin efectos. En crudo. Tan crudo como debe ser la vida de ese artista callejero, que en su silencio y pasividad lleva el mérito de las monedas que se gana sin agradecer. Como una película muda que se puso en pausa y sucede en 3D frente a tus ojos…

El Mimo por Joel Balboa

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