Desperté en una cama de hospital no recordando nada sobre la operación. Treinta años después, todo se resumía a esto: el techo del sanatorio español, aséptico, silencioso, respetuosamente silencioso. Un dolor en mi abdomen me recordaba que no estaba soñando, y la mano con la venóclisis aumentaba mi presencia en este mundo.

Treinta años me ha llevado despertar de la anestesia… pero desperté en el mar. Por fin en el mar. En mi mar, en mi arena. Este sí es mi cielo, esta mi brisa y aunque el presente es eternamente corto yo permanezco, tomando la dosis diaria de sal en el aire, y recibiendo inyecciones diarias de vida, la vida en el puerto, treinta años después y comenzando todo de nuevo pero en mis terrenos nuevamente.

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