Reloj de pulsera en la mano izquierda, las manecillas fijas en la misma hora desde hace varios días, pero él no lo nota. Se sienta de frente a la entrada del restaurante, con la mirada fija en un punto inexistente para los demás ojos curiosos.

Le sirven el café con ese sabor que tanto le desagrada, pero tuvo que elegir la rutinaria obsolecencia del delgado sabor a café lavado y vuelto a lavar de este lugar medio lleno o medio vacío. Algunas veces desearía encender un cigarrillo y sorberlo de una sola bocanada, pero sólo desearía porque no romperá sus años de libertad lejos del maldito asesino de los que carecen de voluntad o de amor propio. En el peor de los casos, de ambos.

Pero recuerda una y otra vez cuando la miró a través del espejo que la reflejaba distante. La vió allá, sentada con la espalda recta las manos diestras en el manejo del bendito celular que no paraba de revisar y ese vestido hermoso que hacía juego con su ya existente belleza. De ella emanaba una cálida luz blanca, un remanso de paz, un sonido de esperanza, un sueño, una profecía, un llamado.

A través del espejo la miraba, absorto, beligerante, rompiendo su normal patrón de conducta que más bien lo situaba entre los tímidos, hasta valiente se veía. Como si hubiera hallado la pieza que le faltaba. Deseó conocerla. Cerró apretadamente un momento los ojos y como lo haría un niño que pide un juguete a su festividad de confianza, deseó con todo su corazón conocerla. Después, los presentaron. Así de simple. Sin trompetas, sin campanas, sin preámbulos. Los presentaron.

Él tembló pero lo disimuló con una audacia peligrosa. Siendo incisivo, con la iniciativa comprada, sacándole sonrisas cuidadosas, con calma, simulando estar en control pero muerto de miedo. Al fin y al cabo, no era su estilo. Luego de varias copas de vino, la cena y varias risas en voz alta, él le dijo que le gustaban sus ojos, sin darle tiempo a que lo pensará, le dijo que le encantaba la melancolía que reflejaban, que le intrigaba la melancolía en ellos. Y es verdad. No se cansa de repasarlos una y otra vez tratando de entrar en ellos como quien entra en su casa, como quien se echa un clavado en un mar incierto que pudiera contener grandes monstruos o hermosas sirenas, o simplemente aguas cristalinas.

Él vió más y no le dijo. Se guardó para él otras impresiones tales como su grave necesidad de creer nuevamente, como su imperativo deseo de ser abrazada, como su dolor y coraje por los agravios pasados que la vida le había regalado. Eso se lo guardó para él mismo y sólo le dijo de la melancolía. Era menester así. A él le dolían las mismas cosas y no quería reflejarlas en el mismo espejo. Pero sabe que un día le contará la verdad, porque ese encuentro no fue de los que se acaban, fue de los que comienzan y tiempo habrá de sobra para platicarse.

Ojos meláncolicos, y ella escuchaba fascinada y atenta mientras él aprovechaba su desconcierto para mirarla por más tiempo tan cerca, a esos hermosos ojos melancólicos.

Le queda la pregunta, le faltan respuestas, pero lo conozco y se lanzará a la búsqueda de éstas y la caza de las otras. Es testarudo y sobre todas las cosas reconoce la mano del creador cuando se mueve. La cena supo a oración contestada… por fin… tal vez vale la pena seguir orando.

Ojos melancólicos, ternura que exige restitución de las lágrimas. Cansancio de esperar, ganas de creer, deseos de soñar, de construir cuentos y maravillas de la mano de aquel que la vida le debe. Ojos melancólicos, inicio sin final de una larga conversación lúdica. Si pudiera, correría a abrazarla. Pero se conforma, por ahora, con recordar sus ojos y su mirada.

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