El teléfono en la oreja, el silencio como discurso, la tristeza como pequeños dardos que se incrustan profundo en el centro mismo del corazón. ¿Qué decir ahora? El final se presenta inamovible, franco, entero y él es apenas un diminuto hombrecito enamorado, idealista, soñador. Se han expuesto las razones de ambos lados de la línea, se ha llegado a un forzado acuerdo, se ha asentido aunque él quiere gritar que no está de acuerdo, pero el flujo de la conversación lo ha llevado hasta donde está, sumido en el silencio. No puede arriesgarse a vulnerarse, a abrir el pecho para decir que no, que mejor se vayan lejos, lejos, lejos, distantes, a un lugar en donde no haya ausencia, en donde puedan estar juntos sin pagar por la cuota de conciencia social que le tributan a la vida, no puede arriesgarse a decir que la ama, que la necesita para vivir, que se ha encontrado de frente con ella al mismo tiempo que con la vida misma, que sin ella será difícil llevarla en paz. Prefiere la apuesta segura, la certeza de la coraza, la protección de la almeja que se cierra ante el peligro exterior, prefiere seguir en silencio, bebiéndose las lágrimas, quemándose con la opresión en el pecho que causa una despedida, extinguiéndose como se consumen los enamorados que pierden a su amada. En ese silencio cruel, él piensa que tal vez, debía seguir soñando y no despertar, era preferible eso al silencio frío, devastador que procede de una despedida.

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