“El desayuno está servido” me gritó mi madre al medio día que atiné a abrir los ojos y abrir mi puerta para que los de afuera percibieran que sigo vivo. Me senté a la mesa, saludé como es costumbre. Cuando mi madre puso mi plato, se detuvo por dos segundos y me miró directamente a los ojos. Carajo, se dió cuenta. Me vió fijamente por dos segundos pero como mirada de madre. De esas miradas que te desnudan por completo aunque quieras evitarlo. Me miró, hizo una pausa en su movimiento normal y continuó como si nada supiera, pero sabiéndolo todo. Desayuné como si nada. ¡Mirá aquí todo es “como si nada”! Al terminar me fui a ver al espejo disimuladamente claro, porque aquí no pasa nada. Y entoces entendí qué cosa me veía mi madre: los ojos hinchados y rojos sangre, producto de llorar toda la noche. Tome las gotas para los ojos rojos, me puse las indicadas y listo.. aquí no pasa nada… provecho.

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