Hay personas, cosas, situaciones, relaciones, momentos, pensamientos, ideas, y amores que son simplemente atemporales. Soy un necio tal vez, pero vos sos atemporal. No te sujetas al tiempo de los humanos, no te ponés de acuerdo con ellos, los detractores de la ilusión que se quieren robar el beso no dado, la caricia contenida, la sonrisa proferida. Vos sos atemporal, porque existís más allá de la cordura, por donde habita la locura, en donde vive la esperanza, el mismo pueblo donde juegan los amores eternos y las caídas abruptas. Porque vos no te guardas en razonamientos, ni te oscureces a fuerza de argumentos, sino que te exaltas por ser luz, por ser alas, por ser libre. Sos una mariposa, dije un día y a vos la piel se te enchinaba según me decías. Sos una mariposa, de colores azules intensos, de sonrisas y miradas fijas, profundas y enamoradas. Vuelas, y vuelas alto, muy alto, desde donde miras el mundo y sus trampas y te resguardas serena entre mis brazos de estatua, entre mis consejos de persona mayor con corazón de niño, con mirada de fuego, con profundidad absoluta que cautiva.

Mirá precioso insecto multicolor que no te vaya a cortar las alas a fuerza de necedades, que no te vaya a robar la boca de tantos besos, que te rompa el corazón con tanto amor, porque luego no aceptaré mi culpa, la culpa de amar sin freno, absorto en el olor de tu piel, en el latido de tu corazón, en tu cabeza sobre mi pecho. Mirá que no te vayas a ahogar entre lágrimas vertidas, entre sollozos cortantes, entre la calidez de mi cuerpo contra el tuyo, entre promesas y buenos deseos.

Sos atemporal, benditamente ingenua y dulcemente madura. Un plato fuerte para un comensal como yo, que se sienta a la mesa con la guitarra en las piernas, con la poesía en la boca, con el canto en la voz, pero sobre todo con el amor destilando de los poros, incapaz de controlar su flujo, flujo que llega hasta ti, mi precioso tesoro y regresa purificado, con tu aroma, con tus ojos clavados en los míos, enamorados y entregados.

Atemporales digo, perpetuos dices. Ambos uno y ambos dos, la ecuación perfecta para el amor y la fórmula perfecta para el desastre. Un alto riesgo, pero una invaluable recompensa. Atemporales, simplemente, indefinidamente felices y potencialmente desdichados.

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