Es muy pronto para que pueda expresarme cabalmente sobre lo que he pasado las últimas semanas. Todavía tengo mucho que digerir,entender, procesar. La operación del trasplante fue un éxito, lamentablemente una complicación secundaria me regresó al hospital dos semanas de infierno. Se habló de la gran posibilidad del fin de mi vida, a mi familia la prepararon los médicos para el desenlace que se veía venir. Mis padres estaban ya preparados para asumir el final. Yo mismo sabía por los rostros de todos los que entraban a la habitación que el desenlace era inminente. Es muy difícil para mi escribir sobre esto, porque aún no he tocado muchos sentimientos que se generaron. Aún no estoy listo para asumirlos por completo. No fue una “leve” complicación. Estuve en la antesala de la muerte por dos semanas. Hubo momentos en donde decidí rendirme. El cansancio era abrumador, diez días de no dormir un momento, de no comer, de no poderme mover, de no poder hablar. Confieso haber pensado en rendirme. Era tan sencillo. Tan fácil dejar de luchar. Estaba muy cansado, muy cansado.

Tengo un Dios misericordioso. Que una mañana me dijo “No temas, yo te ayudaré. No temas porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré…” y entonces, me tomé de su mano y supe que tenía que seguir luchando porque no estaba sólo. Dios estaba en esa habitación conmigo, tomando mi mano, reconfortándome, dándome el ánimo, el cariño, la paciencia, el amor que necesitaba. Entonces mi recuperación comenzó. El equipo de especialistas que me atendían no daban crédito al cambio sucedido de un día a otro. Yo sí, porque sabía que el crédito entero de Dios, mi Dios de paz, de amor, el que lucha mis batallas, el que me ama incondicionalmente. No era mi fortaleza, ni mi fuerza, ni mi capacidad. El crédito entero es de Jehová, el Dios todopoderoso que me dió una nueva oportunidad de vivir.

Es un milagro, decía mi papá cuando comenzó a ver los cambios. Los doctores por primera vez en 10 días sonreían.

Aún tengo una gran batalla por delante. Debo completar mi recuperación. Dependo de un equipo de oxigeno el 100 por ciento del tiempo, pero día a día mejoro un poquito más. Estoy vivo y se me llenan los ojos de lágrimas de agradecimiento por esta nueva oportunidad de vivir, de continuar, de seguir aquí. Ya estoy en casa y eso ayuda mucho. Aunque dependa del oxigeno todavía, ya estoy en casa. Podré ver a mi hijo que por mi estado decidimos que no era bueno que me viera así. Podré tocar el piano y cantar canciones de agradecimiento a mi Dios por su gran amor y ternura con la que me ha tratado.

Tengo mucho que decir. Mucho que se atropella en mi garganta, en mi cabeza. Pero me tendré paciencia. Debo asimilar poco a poco lo que he pasado y el provecho que le sacaré a esta terrible experiencia. Gracias a todos por sus oraciones. Les ruego que me sigan incluyendo en ellas.

Dios los bendiga, y gracias nuevamente.

Joel Balboa Martínez.

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