La llamadaEl teléfono sonó. El identificador de llamadas daba ya la noticia sobre quién le llamaba. Era ella, la seductora voz al otro lado del teléfono. Su corazón se aceleró. Él sabía que escuchar esa voz lo desarmaba por completo, le relajaba la moral y se sabía presa fácil de los encantos de esa mujer especial. Esa mujer con la que compartía una historia común, un pasado alterno, un presente incierto.

 

Ella le preguntó directamente y a quemarropa, sin piedad alguna, como dando el tiro de gracia luego de acechar entre los arbustos a su presa que si estaba enamorado de verdad. Antes que él pudiera pronunciar palabra alguna,la seductora voz al otro lado del teléfono se adelantó y soltó la bomba: “Mi amor, sólo estás enamorado de la idea de estar enamorado. Te conozco demasiado bien”

 

Él permaneció en silencio por instantes que le parecieron eternos tratando de reagruparse, de levantar las piezas del castillito que de un sólo soplido le habían tirado por todo el piso. Si algo él sabía, era que era cierto: que la seductora voz al otro lado del teléfono lo conocía demasiado bien. La fragilidad del rompecabezas que presumía armado finalmente se hizo evidente ante una simple afirmación lanzada como por accidente, aunque él sabía que con la seductora voz al otro lado del teléfono nada sucedía por accidente. Aún tratando de recuperar el equilibrio cual equilibrista callejero en una soga endeble y sacudida por el viento que mueve grotescamente sus brazos para no caer, ella le lanzó la estocada final, el final de un período de nado en contra de la corriente, el final de una resistencia pueril, frágil… “Es hora de cobrarme los besos que te he enviado”, dijo la seductora voz al otro lado del teléfono y él, sabiendo que no había manera de resistirse, atinó a decir lo único  coherente en toda la conversación: “¿A qué hora te veo?



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