Y no estabas
Cuando desperté alargué mi mano para tocarte, pero no estabas y comencé a buscarte. Miré bien debajo de la almohada, entre las sábanas, en toda la cama y tampoco estabas ahÃ. Entonces me puse en pie y decidà salir a buscarte. Miré hacia el cielo que se mostraba majestuoso en su azul profundo buscándote, tal vez se te hubiera ocurrido esconderte en una nube o convertirte nuevamente en estrella. Te busqué con ahÃnco en todo el firmamento y no estabas. Entonces pensé que tal vez estabas entre las flores, en el pasto, con las rosas, o con las gardenias.
Asà que comencé a buscarte entre todas ellas, una por una revisé, pétalo por pétalo, con cuidado y con ternura, no fuera que se te hubiera ocurrido dormir en una de ellas y con mis toscas manos te despertara. Te busqué en todas, y no estabas.
Decidà preguntarle a la gente que pasaba, la que hallaba en las calles repletas, “Disculpe, ¿la ha visto? Es una mujer maravillosa, una rosa… no, no.. una estrella o más bien o una sonrisa, no, ¿sabe qué? Es más bien una mirada profunda y tierna, una caricia suave y un beso apasionado, para explicarme mejor, es una niña y una mujer, un sueño y una realidad, una luz en la oscuridad de mis abismos, o un faro que me guÃa en el mar embravecido, DÃgame por favor Señor, Señora, ¿la ha visto? Llevo dÃas buscándola, ¿Sabe algo de ella?” y no estabas.
Esas caras indiferentes me miraban con rechazo y ni siquiera contestaban a mis angustiadas preguntas. Asà que decidà correr a la playa. ¡Claro! EstarÃas ahi… mirando el mar, bebiéndote las olas, contándole cuentos a las gaviotas, cuentos de amor, de esperanza, de lucha y de triunfo, cuentos de princesas y de caballeros. ¡Ahà estarÃas!
Llegué sin aliento y le grité a las aves “¿La han visto? Es mi sueño hecho realidad, es mi promesa cumplida, es mi ayuda idónea. Por el amor de Dios, dÃganme: ¿La han visto?” pero las gaviotas no contestaron y se burlaron de mi loco afán. Miré a ver si volabas entre ellas y no estabas.
Miré al mar directo a los ojos. Él sabrÃa donde estabas. El mar es mÃo, era mi amigo, mi confesor y mi conciencia. Asà que corrà con toda las esperanzas de un hombre con corazón de niño, corrà hacia el mar, y quise detener a cada ola para preguntarles por ti, si te habÃan visto: “¿La han visto? es una princesa que monta un caballo de mar, una sonrisa convertida en oración, un suspiro, un abrazo necesario, un beso doloroso” Pero las olas no se detenÃan y guardaban silencio. Entonces quise buscarte entre las olas, no fuera que hubieras ido a jugar con ellas, a contarles sobre nosotros, de nuestro amor único e inagotable, te busqué y no estabas.
Me tire en la arena desvalido. Exhausto comencé a llorar. Primero sollocé discreto, pero poco a poco el sollozo se convirtió en llanto profundo, amargo, incontrolable. El dolor que emanaba el llanto le provocó a las olas guardar silencio respetuosas, a las aves cerrar sus ojos y al mar derramar una lágrima. QuerÃa escarbar en la arena hasta que te hallara o me sepultara en ella. Pero el llanto me lo impedÃa.
Cegado por las lágrimas, con un último esfuerzo, me puse de pie y grité tu nombre al viento. Lo grité con todas mis fuerzas, con toda mi vida, con toda mi esperanza. Lo grité desgarrando el velo azul que adorna el cielo y tu nombre retumbo por todo el mundo, y no estabas.
Caà de rodillas en la arena. El viento comenzaba a soplar frÃo, cruel e insensible. Con la poca voz que me quedaba hice una oración por ti. Le rogué a Dios por ti. Le rogué que me permitiera encontrarte de nuevo. Que no te ocultara más de mi. Que yo serÃa el caballero de la armadura lustrosa que protegerÃa a la princesa hermosa, majestuosa, bendecida por Él mismo.
Miré a mi alrededor todavÃa convertido en sollozo, y no estabas. Una luz comenzó a brillar, me salÃa del pecho, del lugar en donde habita el corazón del hombre. Brilló hasta que me vi forzado a cerrar los ojos cegado por la luz y entonces comprendÃ. Siempre estarÃas ahÃ, en mi corazón, el corazón de un caballero, de un hombre leal, el corazón del hombre con corazón de niño.
La princesa de mis mariposas, mi amada, mi niña, ni nena, mi promesa cumplida, mi regalo de Dios: siempre estarás aquÃ, sin importar cuántos gigantes haya que derrotar, sin importar cuánto tiempo haya que esperar, sin importar cuántos castillos haya que vigilar. Siempre estarás aquÃ, porque yo creo que el Amor que Dios pone en el corazón del hombre (incluso en el de un hombre con corazón de niño) no puede apagarse, no puede extinguirse porque su flama soporta tempestades, ausencias, distancias y silencios.
Te amo nena, descansa, Dios mismo vela por nosotros.
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