Y entonces, ella, la de las letras profundas, la de mirada intensa, la de corazón enorme, me dejó en silencio. El dueño del mar se quedó en silencio atrapado entre el suspiro y la emoción. Pero es que, ¿cómo no quedarse callado ante la majestusidad de sus frases dichas en el momento preciso?

Ayer me quedé dormida leyéndote. Quizá algún día, me quede dormida viéndote, oliéndote…”

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