Te encontré entre las olas que había creado la tormenta. Estabas pálida y tenías los ojos rojos de tanto mar, y de tanto llorar. Te tomé de la mano y te puse en tierra firme mientras con cuidado te limpiaba el cabello lleno de arena. Te acurrucaste en mi pecho, como si te hicieras pequeñita, pequeñita y cerraste los ojos bien pegada a mi. Luché contra mis ganas de decirte que te amaba para no poner en riesgo tan milagrosa vuelta a tierra a firme. Me conformé con abrazarte y darte calor para quitarte el frío y el estremecimiento que te causaba la soledad imprevista y abrumadora en la que te habías sumido mientras luchabas por encontrar tu nombre, por encontrar tu rostro, por encontrar tu vida. Suspiraste aliviada y cerraste los ojos, cansada, extenuada de tanto luchar. Poco a poco tu respiración se hizo más profunda y finalmente asumí que te habías dormido, y aún dormida apretabas mi mano con la tuya como deseando que no me fuera. Miré al cielo. Ya no llovía. El azul se había instalado triunfando sobre el gris profundo que pintaba el cielo un poco de tiempo atrás. Un ave voló encima de nosotros y yo la seguí con la mirada hasta que pareció perderse entre las nubes. Aquí estábamos de nuevo. Los dos. Juntos. Formábamos parte de una misma historia, como si fuéramos personajes de un mismo libro. Condenados a amarnos eternamente y felices con la sentencia. Te encontré entre las olas, y suspiré aliviado: no tendría que seguirte buscando, no más. Ya estabas aquí. Dicen que el agua de mar es buena para curar heridas. Tú y yo, estábamos empapados de ella. Nuestras heridas, aunque inmensas, se curarían pronto, y entonces volveríamos a redactarnos mutuamente la más hermosa historia de amor jamás contada…

Technorati Tags: , , , , , , , , ,