Una Ciudad con Mar, a 2 de Octubre del 2008

Querida tú,

Hoy caminé por las calles de la ciudad mientras me bebía los colores, olores y matices de un puerto que conserva su mar a pesar de la pésima costumbre de sus habitantes de darlo por hecho. Caía el sol despacio, como en cámara lenta, como perezoso y agonizante. Una mezcla hipócrita pero al fin y al cabo imaginable y yo, que descubrí en el reloj de mi mano izquierda la cercanía de la hora del café, enfilé mis pasos hacia la cafetería más cercana.

Mesa al aire libre, ya sabés, todavía insisto en no quedarme dentro habiendo un “afuera” disponible. Fiel a mi costumbre (bueno, por lo menos le soy fiel a algo, ¿no?) de recorrer con la vista el “perímetro” o “zona de influencia” descubrí que era el día de los normales. Nada fuera de lo común ocupando las mesas dispersas en una terraza amplia, vulgar emulación de los cafés de Madrid, ¿recordás?

La mesera, una joven de mirada naturalmente cordial y sonrisa escasamente forzada se acercó a mi. Bienvenido de nuevo Don José, me dijo mientras su cabeza hacía una leve reverencia que a su vez me provocaba reverenciar de vuelta y sonreír mirándola directo a los ojos. Hola preciosa, le dije poniendo el sombrero en la silla vacía a mi lado, con tu sonrisa me basta, le dije, y me sobra para morir en paz en este mismo momento, con la cara roja sonrió y tartamudeó algo sobre el menú. No gracias, la interrumpí alzando mi mano, Capuchino preciosa, ya sabés, lo de siempre. Viejos como yo no cambian de gustos con tanta frecuencia con que lo hacen ustedes las jovencitas, le dije mientras le sujetaba la mano deliberadamente y la veía derretirse como chocolate y escurrirse por el piso hasta la coladera más cercana. Y hablando de gustos, le dije en voz más baja, vos sos precisamente lo que me gustaría beberme esta noche. Y bueno, ¿Qué querés? Mi instinto animal tomó el control y aventó esa frase, como si el León se abalanzara sobre su presa viéndola completamente vulnerable y a su merced.

Sin saber qué responder, atinó a suspirar un “qué atrevido Don José, un día le voy a tomar la palabra”. ¿Un día? dije yo como insatisfecho, ¿Un día? Juventud, dije suspirando una sonrisa, se creen eternos y viven con tanta prisa, como si no hubiera mañana. Un día será, le dije mientras le soltaba la mano y le guiñaba un ojo, por el momento: café. Volví la vista hacia la mesa de enfrente. Recién se sentaban un par de jovencitas. Reconociéndola clavé mis ojos en el perfil de la rubia. ¡Qué coincidencias tiene la tarde! !Era Leira! La hermosa Leira. Hacía años que no sabía nada de ella y de pronto, pum, aquí estaba, en la mesa de enfrente, tan linda, tan… Leira… Si vos supieras niña de ojos claros, cuántas noches soñé con besarte en aquellos días, cuando apenas tenías ¿cuántos? ¿19? y compartíamos aquel proyecto. Con ella se podía hablar de arte, de poesía, de libros, de autores como si hubiera nacido 50 años antes de lo que nació. Me impresionaba su profundidad y su talento para embobarme mientras hablaba, con esa tranquilidad, esa voz segura a la sólo delataban un par de nerviosos ojos claros que se movían rápido de un lado al otro.

Finalmente, decidí hacer como que no la veía, para verla. Verla mientras yo bebía el café de las 6:45, esperando que el sol cayera de una maldita vez. Pero con la visión que ahora tenía, se podía tomar una eternidad porque de pronto yo tenía todo el tiempo del mundo concentrando mis ojos en su sonrisa.

Y bueno, creo que me he extendido en esta carta. Disculpa Querida, vos sabés que cuando comienzo a platicarte el tiempo se detiene para mi, mientras te lo robo a vos cambiándotelo por letras.

Me despido por hoy. He vuelto al apartamento disfrutando el mar a través de la ventana de mi recámara. Saqué el whisky del cajón de enmedio y me bebí una copa rodeado con el humo de mi puro recién comprado. Hacia tiempo que no te contaba pavadas. Perdoná. Me sos tan necesaria para estas cosas de entender al “loco” que me obliga la cordura a escribirte estas cartas. Te mando besos para adornarte el rostro, y sueños para embellecer tus ojos.

Hasta pronto querida, te escribiré de nuevo, lo prometo. Dale cariños a tus padres, decíles que el “loco”, el mismo José Balmart, ha vuelto a las letras, a las letras para vos.

Ya está Me voy ahora. Debo soñar con Leira, porque como vos sabés, en mi vida nada es fortuito.

Siempre tuyo,

José Balmart

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