
Y a pesar de las protestas de esa parte de mi conciencia que se rebela en contra de lo común, de lo normal, de lo ordinario; acudí el primer día hábil de febrero a ser parte de la manada, a recibir el “soma” que requiere un ser normal para vivir en sociedad sin contrastar demasiado.
Con el espíritu confinado al “de 8 a 2 y de 4 a 6″ y a sometido por los “15 minutos de tolerancia” me enfrenté cara a cara con lo detestable de los “buenos días” con sonrisas vacías, con los besa-pies que cual cortesanos se inclinan interesadamente ante la neo-realeza moderna de los jefes para obtener las dádivas que les permitirán pasar por encima de sus iguales atropellándolos, o despedazándolos en su fantasioso camino hacia una “cima” que mientras más se acercan más lejana se vuelve por efecto de la avaricia, aquella señora con muy buen humor negro.
Bajo el denso y asfixiante silencio que mata de esta oficina nos sumimos en un paseo que dura 8 horas y en el que todos buscan maneras para que pasen rápido, me revuelvo como acalambrado del alma en la incómoda silla frente al frío monitor, de la fría empresa en donde todos somos un número más, un esclavo más del sistema y sus convencionalismos.
Y es que, pa vivir, hay que comer , y pa comer… hay que joderse… de 8 a 2 y de 4 a 6… viva el rey…
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