Te veo de espaldas mirando directamente al horizonte, aquella línea engañosa que parece cercana pero que en realidad es inalcanzable. El sol salía y el cielo se comenzaba a pintar de rojos y naranjas, de calidez y murmullo de olas. Tocaba yo tu espalda desnuda y sentía tu piel despacio, poro por poro, milímetro a milímetro. El resplandor del sol con su espectáculo de colores rojizos rebotaba en el agua y parecía que era traído por las olas hasta tu cara porque en tu cara se fundía el calor, la sonrisa, el naranja de un cielo que recibe al sol por primera vez en el día y el azul oscuro que comienza a desaparecer conforme la luz crece.

Tus ojos brillan y reflejan la espuma de las tranquilas y pequeñas olas que llegan a la orilla respetuosas de nuestro descanso. Un delicada brisa nos acaricia el cuerpo y entra a este cuarto de paredes blancas inmaculadas. Es increíble que podamos hablar en el silencio usando como intérprete una amanecer y un mar, una brisa y a las olas. Este silencio bendito que tanto he anhelado en donde se habla con las manos, con los ojos, con el corazón. Este silencio que no vacía sino llena, este silencio que no separa sino une. Un silencio unánime en donde comulgan dos almas dispuestas a apostar la vida una por la otra. Dejamos que hable la naturaleza y a través de ella, del sonido de los aves que vuelan buscando comida, de las olas que llegan a la arena, de la brisa, nos habla Dios y sonríe.

Ni tú ni yo rompemos este diálogo silencioso, seguimos mirando al mar y aprietas mi mano con dulzura y yo sonrío sin evitar que una lágrima de agradecimiento ruede por mi mejilla.

El concierto de olores, sabores, colores y sonidos comienza a hacer su cierre. Entonces, mi miras, das un sorbo a tu taza de café negro y sonríes, sonreímos. Buenos días precioso, me dices con tu voz de recien despierta, tu hermoso cabello despeinado y tu mirada de niña tierna, y me entregas una taza blanca con cafe negro humeante aún. Buenos días princesa, te digo y no contengo las ganas de besarte tiernamente. Así quedamos congelados en el recuerdo. Con el cielo naranja y el mar intenso detrás de nosotros a través de la ventana. Así quedamos en el umbral de los recuerdos y el anaquel de la esperanza. Ambos con ojos cerrados, ambos esperanzados y deseando que el beso termine hasta el final de nuestras vidas.

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