057Final de un juicio cualquiera
posted by José Balmart on October 20th, 2006
Estuvieron todos de acuerdo en levantar la sesión y el juez tomó el libro que acreditaba los argumentos, lo miró por última vez hojeando lentamente sus páginas, casi al azar, con mirada melancólica y suspirando profundo lo cerró.
El estruendo de la tapa cayendo sobre la cima de las hojas se escuchó en todo el salón y resonó en las paredes. Al ruido siguió un silencio respetuoso. La defensa contenÃa las lágrimas y la fiscalÃa secaba nerviosamente el sudor de su frente.
En la silla de los testigos un hombre cubrÃa su cara con las manos y se mantenÃa agachado apoyando los codos en las piernas. Algo decÃa en voz muy baja, algo que no alcanzaba a entenderse del todo. El juez, al bajar del estrado, pasó al lado del hombre y mirándolo con compasión le tocó el hombro. Abrió la boca para decirle algunas palabras pero no salÃo sonido alguno de su boca. Pénsandolo mejor, dio palmaditas en el hombro de aquel hombre y negando con la cabeza, silencioso, continuó su camino para salir por la puerta destinada al juez para tal propósito.
La fiscalÃa y la defensa continuaban sentados en sus escritorios. La fiscalÃa echada hacia atrás en la silla, con las manos cruzadas detrás de la cabeza y la mirada fija sobre el hombre de la silla de los testigos. La expresión de la mirada era de tristeza y en la boca dibujaba una mueca con los labios de insatisfacción, como quien ve a un sentenciado a muerte. Ya no sudaba.
La defensa, miraba al techo conteniendo con fuerza el llanto. Se le veÃa la lucha por no llorar en el rostro pues la quijada apretada le temblaba a sobremanera y sus ojos se anegaban de lágrimas silentes.
El jurado salÃa silencioso y no miraban al acusado, más bien, evitaban distraer la vista hacia aquel lado como si algo malo hubieran hecho o como si al acusado algo le debieran. ParecÃan atropellarse lentamente unos a otros en su afán de abandonar la sala como si estar ahà les recordara algún pecado imperdonable o una conciencia constrita. SalÃan usando la puerta que para tal efecto tenÃan los miembros de jurado.
La sala quedó vacÃa, sólo estaban los tres: el hombre de la silla de los testigos, la defensa y la fiscalÃa. Todos fijos en la misma posición.
La fiscalÃa tenÃa sobre su escritorio hojas sueltas y recortes de diarios, páginas impresas desde internet, un paquete de pastillas blancas, varias hojas con testimonios de testigos que conocÃan al acusado, y un montón de cartas sin abrir en una bolsa con la etiqueta de: “Evidencia J-16/07″. Todo esto desordenado sobre el escritorio. Como si hubiera sido usado y aventado ahà durante la exposición de hechos con vehemencia y pasión.
La defensa tenÃa sobre su escritorio hojas que parecÃan cartas escritas a mano, la factura de las pastillas, páginas impresas de algun sitio de internet, un video, las transcripciones de sesiones de terapia (asà se leÃa en el folder que contenÃa las hojas), una foto rota, una invitación a la inauguración de un café, entre otras cosas perfectamente ordenadas sobre el escritorio.
El hombre de la silla de los testigos, se incorporó lentamente. Sus ojos estaban rojos y su cara desencajada por la tristeza. Suspiró lentamente sacando el aire por la boca y mirando a la defensa esbozó una sonrisa forzada mientras se le escurrÃa una lágrima del ojo derecho.
La fiscalÃa bajó la vista y se puso de pie para guardar los papeles que tenÃa sobre su escritorio. Asà evitaba convenientemente cruzar la mirada con el hombre de la silla de los testigos.
El hombre, todavÃa con la sonrisa forzada que más parecÃa un rictus extraño secó su lágrima y miró a la fiscalÃa fijamente. La fiscalÃa mirándolo de reojo se apresuró a meter desordenadamente los papeles a su viejo y maltrecho maletÃn.
Sobre el escritorio del juez vemos una nota, un papel escrito a mano cuya primera lÃnea decÃa en letras grandes y de perfecta caligrafÃa “Sentencia”. Conforme nos acercamos al papel vemos que tiene escrita una sóla palabra. Ahi, sobre el escritorio del juez, está la razón por la cual estos tres personajes permanecen en la sala y cómo el destino de los tres ha sido cambiado radicalmente con una sola palabra.
Un aire entra por la ventana y provoca que la hoja con la sentencia vuele del escritorio del juez y caiga a los pies del hombre en la silla de los testigos. El hombre la toma, la defensa baja la vista evitándose asà el dolor de ver al hombre leer de nuevo la orden del juez y la fiscalÃa camina ya hacia afuera de la sala apresuradamente por la puerta pública de acceso y salida de la sala, dando la espalda al hombre y tirando papeles en su veloz y ansioso caminar hacia la salida.
El hombre lee y no contiene el llanto… Nos acercamos por detrás del hombro del hombre de la silla de los testigos para ver lo que dice la hoja y leemos… ahora entendemos el cuento completo…
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