Decía el hombre del mercado que la situación se ponía cada vez más difícil. Que la política y los poíiticos son una mierda, que la economía del país una pavada, que si sos de izquierda o de derecha te hacen distinciones, y unas cuantas cosas más que logré exitósamente sacarme del cerebro, estas últimas que te cuento se quedaron en algún rincón del recuerdo inmediato. Yo sólo quería una sandía. En cambio obtuve la sandía, una clase de política en los países tercermundista (¡que no pelotudo! ahora se les llama “economías emergentes”Wink dos monedas menos de las debidas en el vuelto de la compra, una mancha verde en el pantalón de lino que corresponde a la rebanada de aguacate que la señora gorda me quería hacer que probara a la fuerza. ¡Por poco me lo mete por la nariz! pero tuve el tino de interponer mi mano y el des-tino de tirarle la rebanada para que rebotara con mi pantalón marcándolo pa todo el día. Y apenas eran las 8 de la mañana.

Si la entrada fue una aventura surrealista, la salida del mercado con una sandía, monedas sueltas en la mano, una bolsa con manzanas rojas, y otra de una cosa que debe ser un tubérculo y que no se porqué demonios terminé comprando resultó ser toda una proeza de imposible alcance y habilidades psicomotoras y espaciales.

Finalmente, ahí estaba ya. A las 8: 40 de la mañana en la escalinata del mercado. Movido de un lado al otro, balanceando mi cuerpo con los pies clavados en la tierra entre el mar de gente que iba y venía, muchos no sabían si a una cosa o a la otra, pero sabían que tenían que caminar.

¿Es requisito que la gente salga a las calles con el ceño fruncido? le pregunté al señor que vendía los diarios, No señor, no es requisito, me contestó, pero el hambre lo primero que se come es la sonrisa del pueblo.

No me sorprende hallarme con filósofos urbanos, de esos que toman de los libros del trajín diario la sabiduría, la ciencia y la medicina. Esos que ven al mundo desde la perspectiva de una banqueta, a ras del suelo y no desde altos edificios en la capital del país, ni mirando la pantalla de LCD de un ordenador portatil. Esos que conocen el fondo aunque no tanto las formas, esos que llenan los libros y los diarios convertidos en estadísticas del desempleo, el robo, el secuestro y sobre todo de la desesperanza.

Disculpe señora, le pregunté a la mujer con vestido largo que cuidaba el puesto de los licuados de fruta, ¿no tiene miedo que esa palmera de pronto le suelte uno de esos cocos que se ven ya maduros y le termine pegando a usted o alguno de sus NUEVE hijitos en la cabeza? Habría que reportarla al municipio, dije desde este lado de la modesta barra mientras sorbía el licuado de papaya que me recién me preparó la señora en cuestión. No señor, el problema no es que un coco nos rompa la cabeza en estos días, el verdadero problema que tengo es que alguien me la desprenda del cuello y la use para jugar boliche en la estación de policía local usándola como mensaje desafiante contra las fuerzas públicas, tal como sucedió con el pobre muchacho este.

Bueno, ante tal lógica, hasta me quité el sombrero. Ya no sólo me preocupaba el coco, sino mantener la cabeza en su lugar. ¿Imaginás? Ahora además de cuidarte de los cocos en tiempos de viento, habrá que cuidar que nadie te arroje una cabeza. ¿Qué habrá sentido el oficial que vió a la cabeza rodar por el piso hasta sus pies?

No puedo olvidar la foto en primera plana del diario local que sirve a los intereses de izquierda (otrora entusiasta promotor del aparato gubernamental) donde mostraban la cabeza del pobre joven sin tapujos ni censuras. Aquí el respeto por la muertos y los deudos fue suprimido en pro de las ventas por volumén. ¡Que pavadas!

Me quedo con el aguacate en el pantalón, porque de manchas prefiero esta que puedo lavar y no esas con las que se manchan las manos los editores y los gobernantes. Ahora mismo, me desagrada reflexionar en mi mañana porque ya sentado a la mesa en mi apartamento, me dispongo a cortar la sandía, y la hacerlo, no puedo evitar intercambiar la portada del diario de ese día y poner allá en lugar de una cabeza publicada a nivel estatal en primera plana una sandía, y aquí mientras la corto: la cara del dueño de la excéntrica bola de boliche de reciente moda. Creo que desayunaré manzanas. De todas maneras, ni hambre tengo.

Un beso Flaca.

Vos sos mi mejor fruta y mi más dulce recuerdo.

José

Pd. Lleváme al cine . Quisiera ir “300″ veces con vos.

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