Anuncia la llegada del nuevo día, asomándose silencioso por la ventana. Filtrándose entre las persianas que oscurecen mi recámara. Llega tranquilo, firme y dando el calor y la luz que invitan a abrir los ojos y sonreir como primer gesto del día. Con esos rayos todavía naranjas escudriñando las sombras y venciéndolas en una guerra desigual, puedo exclamar con un suspiro sincero mi agradecimiento a Dios por la bendición de continuar vivo.

Como el sol de una mañana cualquiera, apareces tú de la nada. Tu recuerdo esperaba tranquilamente sentado en el borde de la cama, listo para brincarme encima tan pronto agradeciera por el nuevo día. Mi sonrisa se vuelve más grande todavía al sentirte cerca, al sentirte ahí, al recordarte y sonreír como bobo sin nadie alrededor para disfrutar mi sonrisa más que tu recuerdo. El más fiel compañero de mis últimos días. El que me anima a continuar levantando bandera en nombre del amor y la esperanza.

Tú recuerdo y yo somos amigos. Normalmente nos abrazamos y damos consuelo cuando el tiempo y la distancia impactan, nos animamos a seguir creyendo, a seguir luchando, a seguir orando por el encuentro inminente. Tu recuerdo huele a ti, sabe a ti, se siente como tú. Pero estar contigo es mucho mejor que sólo recordarte, incluso con el sol de una mañana cualquiera.

Sonríe mi amor. Deja que el sol te acaricie la cara cada mañana porque en cada caricia está mi mano y el amor que te tengo.

Sol de una mañana cualquiera

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