Hay tantas cosas en mi cabeza ahora mismo, tantas cosas en mi corazón, tanto contenido en mi garganta, tanto que mis ojos quisieran decir, que yo mismo quisiera gritar. Dios, duele y duele mucho. Me siento tan confundido, tan aturdido, tan distante de quien yo soy en realidad, tan abrumado por la tristeza… una tristeza tan densa, tan amarga, tan incomprendida… He pasado varios días esperando que cuando abra los ojos el dolor de mi pecho, de mi corazón desaparezca. Pero no sucede y cada vez me siento más y más sólo. Pero no te engañes, el dolor del que hablo no es simbólico, es realmente un dolor sublime, que puedo tocar, que puedo sentir latir en mi pecho, como si alguien me estuviera quemando por dentro. Y así vivo cada día. Así lucho por salir de mi cama, lucho por “operar” como normalmente lo haría, pero estas son arenas movedizas y mientras más lucho más me hundo. He pasado días enteros conteniendo las lágrimas, el llanto; y cuando lo suelto, lo dejo salir, entonces se precipita como una catarata, como una represa sin freno. Un llanto que me sobrepasa, que me deja sin control alguno. Un llanto que se retroalimenta. Me sucede más cuando me subo al coche. Estoy comenzando a tener temor de manejar porque sé que el fantasma de la tristeza, de la angustia, me atacará. Lloro como lloraría un niño, un pequeño sólo, un pequeño abandonado… Me resulta difícil vivir cada día. Es una lucha constante y sin tregua. Pocas personas podrían comprender esto que escribo. Muchos dirán que simplemente estoy triste y lo atribuirán a algún asunto emocional determinado. Pero no es así. Ojalá fuera sólo una tristeza de amores. Esta lucha comenzó días después de llegar a casa del hospital luego de mi neumonía. Todo parecía en orden. Todo parecía perfecto. Pero sin razón aparente comencé a sentirme mal, incómodo, con miedo. Dejé pasar esa sensación, pensé que era algo momentáneo. No me cabía en la cabeza que luego de salir de todas las pruebas que salí con mi salud pudiera yo estar triste. Me sentí culpable y callé. Esperé que pasara sólo. A una o dos personas intenté decirles, contarles que algo no andaba bien, pero no comprendieron de lo que estaba hablando. Recuerdo específicamente haberle dicho a una mujer muy especial: “Me estoy sintiendo raro, cuando no puedo hablar contigo o no me contestas el celular me siento como si estuviera en el hospital otra vez y me faltara el aire, como en aquellos días..” Creo que no se comprendió correctamente lo que estaba diciendo. Cuando perdí por completo la paz, supe que algo estaba mal. Un buen día me desperté más temprano (mucho más temprano de lo normal) y con una pesadez en el pecho que me desconcertó. Conforme avanzó el día, esa pesadez se instaló en mi y me puse irritable. No sabía qué estaba pasando. No tenía razón alguna para estar triste o sentirme enojado.  Subí al coche, solo, y entonces comenzó la batalla. Comencé a llorar. Sin causa. Yo mismo pensé que tenía que ver con la relación en la que estaba, pero no era así. Era independiente de todo. Las cosas que normalmente no me causarían tanto daño o me lastimarían un poco, se volvieron dagas ardientes que me despedazaban. Había perdido ya el control de mi tristeza, y comenzaba a perder de vista lo grave que podría ser esto. Me sentí culpable. De verdad, culpable. ¿Cómo es que luego de que Dios mismo me rescatara de morir, yo podría estar tan mal? ¡Debía ser mi culpa! Me comencé a culpar por mi tristeza, mi pesar. Eso agravó todo. Finalmente, luego de tirar golpes al aire, de luchar contra algo que no sabía lo que era y desgastarme, pedí ayuda. La recibí en mi casa. Mi madre siempre ha sido una gran amiga y me escuchó narrarle mi pesadilla. Ya no podía dormir. Tenía miedo todo el tiempo. Tristeza todo el tiempo. Hablamos mucho y me sentí escuchado y comprendido por primera vez. Con mi papá intenté hacerlo pero él es mucho como yo: pragmático, osea 2+2=4, y no me sentí apoyado por él. A la fecha en días pasados mientras íbamos al doctor para una revisión de rutina por lo de mi trasplante me reclamó el hecho que fuera en silencio todo el camino, pensó que estaba molesto con él. No lo culpo. Mucha gente no comprende lo duro que se torna dejar la casa. Por dentro de mi me mataba la ansiedad, yo sentía que tenía que volver a mi casa cuanto antes. Luego de platicar con mi mamá, me ofreció acudir a un profesional, Intenté varias sesiones con una sicóloga corporal gestalt. No funcionó. Identificamos algunas cosas pero nada ayudó con mi estado de ánimo que seguía en vertiginosa caída. Aborté la terapia. Me sentía incomprendido nuevamente. Tengo muchos amigos psicólogos. Platiqué con uno de ellos, un gran amigo antiguamente mi psicoterapeuta, y me invitó a su casa a platicar. Luego de la plática me recetó un medicamento: Remerón. Comencé a tomarlo hace ya 20 días, y al día de hoy no he notado cambió. Platiqué temeroso de ser rechazado nuevamente con mi amigo David, el de D.F. y por primera vez en mucho tiempo me sentí comprendido. Me dió información, me contó algunos testimonios y me sentí impulsado a continuar luchando. El impulso terminó. Y de nuevo me siento como al principio.  Mi situación se agrava porque estaré sólo en casa los próximos dos meses ya que mi mamá  fue a Canadá a visitar a mi hermana pensando que ya estaba estable. Mi papá trabaja fuera de la ciudad y se irá mañana. Esta situación se vuelve intolerable. No puedo más. Estar con mi hijo es una pesadilla, porque debo luchar contra las ganas de llorar, debo hacer todo lo que está a mi alcance para que él no note que papá está triste. No creo que todos los que lean puedan entender el infierno que estoy pasando y lo aislado que uno se llega a sentir. El domingo pasado falté a mi Iglesia (tenía mucho tiempo que no dejaba de ir), aún cuando traté de explicarle a mi tutora cómo me sentía y lo que estaba pasando no sentí que al final lo comprendiera y siento que incluso (siento yo, no es que así sea en verdad) la he agotado con mis quejas y mi lloriqueo. Siento que estoy atrapado. Encerrado en un cuarto sin ventanas, ni puertas, ni luz. Yo sé que suena como cliché, pero en verdad es como caer en un pozo muy profundo, oscuro, sin poder salir. En algún momento la sicóloga a la que asisitía me indicó: Estrés postraumático. Todo lo que pasé en  aquellos días (emocionalmente, psicológicamente) estaba cobrando factura. Es que tampoco creo que se pueda entender lo que viví. Suena fácil decir que “sí, casi muere, sí no podía respirar, sí…” pero no es así de simple… CARAJO: CASI ME MUERO! Nadie sabe lo que era para mi ver a los doctores entrar a mi habitación y NO MIRARME A LOS OJOS, ver como bajaban la vista cuando me veían. Nadie sabe lo que es estar 12 días sin poder respirar, sin poder moverme sin poder comer, sin poder dormir. De verdad, viví mi peor pesadilla. Recuerdo que miraba por la ventana de mi cuarto en el hospital, cansado, agotado, de luchar para respirar, llevando el control conscientemente de cada respiro, YO TENIA QUE HACER EL ESFUERZO para respirar, si dormía me ahogaba. Veía ese árbol tendido en la cama, y lo veía porque mi cara estaba mirando hacia la ventana, y podía contar las hojitas verdes, las hojitas amarillas, los animalitos que vivían en él, los pájaros que ahí vivían… esa era mi “diversión” por llamarla de alguna forma. Tenía tantas ganas de llorar, pero no podía hacerlo porque si lloraba dejaba de respirar. Nadie sabe lo que era que llegaran a cambiar el recipiente de líquido de oxigeno. Las enfermeras llegaban, y hacían el cambio lo más rápido posible, porque al cambiarlo tenían que cerrar el flujo de oxigeno y esos 10 o 20 segundos que duraba el cambio (cuando era rápido) yo me asfixiaba. Literalmente, me asfixiaba y no podía hacer nada. Sólo miraba a mis papás, y abría mucho los ojos asustado. Tenía que aguantar. Pasar esas noches en las que tenía que dormir con la mascarilla de oxígeno era espantoso. No podía quitármela para nada. Y el flujo de oxigeno estaba al máximo, y como estaba al máximo el líquido que se usaba para humidificar el aire se iba por la manguera y llegaba a la mascarilla mojándome la nariz y la boca, entrando por mi nariz… Toda la noche, todo el día… Después, era las tomas de sangre. Diariamente y a veces 2 o 3 veces por día. Mis brazos estaban morados. Mis venas habían reventado ya de tanto piquete y de tanto medicamento que me administraban. Recuerdo haber disociado por momentos en las tomas. Llegaban, a toda hora (noche, día, mañana, tarde) y me tomaban el brazo, en ese momento yo viajaba en mi mente a otro lugar. Veía todo lo que sucedía como si no fuera yo. A veces funcionaba. Recuerdo especialmente las “gasometrías”. Eran tomas especiales de sangre que tenían que hacer diariamente.  Eran especialmente dolorosas. Deben introducir la aguja por la muñeca (más o menos) en forma totalmente perpendicular a mi brazo y hacerla entrar y atravesar, músculo, nervios, grasa hasta llegar a una arteria para de ahí tomar la muestra. Tuve tanto miedo todo el tiempo. Tanto… Estoy luchando ahora contra eso. Recuerdo que unos días antes de ser trasplantado me desperté de una pesadilla especialmente “real”, desperté sobresaltado y fui a ver a mi papá para contarle lo que había soñado: Soñé que me moría asfixiado, le dije. Unos días después estaba viviendo la pesadilla. Tengo tantas cosas en mi cabeza de esos días tan espantosos. Pero, ¿Quien puede entenderme? La mujer que era mi esperanza de una relación ya no está, mis amigos de aquí no lo comprenden, ¿la gente de mi iglesia? Piensan que toda esta tristeza es causa de una relación que se terminó… Y NI SIQUIERA PUEDO DECIRLE A ALGUIEN LO SOLO QUE ME SIENTO PORQUE ME PUEDAN TACHAR DE “Quejoso”. Esto que hoy vivo es algo que me está llevando al límite de mi capacidad humana. Debería estar agradecido por que supere todo lo anterior y mi estado de salud sigue mejorando, pero ¡NO LO ESTOY! Tengo una tristeza enorme, profunda, que me quema, que me imposibilita vivir, y que nadie comprende. ¿Porque escribo esto? Porque se supone que debería haber aquí a mi lado UN AMIGO O AMIGA  escuchandóme, pero ¡NO EXISTE TAL! Justo ahora que estoy escribiendo esto, entró mi papá a mi habitación a preguntarme algo.  Me tuve que limpiar los ojos, la nariz y aclarar mi garganta… pensé que él me diría algo… pero no… me vió y no se dió cuenta de que estaba llorando. Estoy cansado… estoy tan cansado de luchar…  por favor, no necesito que nadie me recuerde lo dichoso que soy, lo afortunado que soy, lo “fuerte” que soy, lo que he superado.. no por favor, todo eso lo sé… yo simplemente estoy cansado de sufrir… cuando estuve hospitalizado por mi insuficiencia respiratoria hubo un momento en que decidí darme por vencido, dejar de luchar por respirar… es cierto… así fue… estaba cansado de luchar, quería descansar por fin…  Así hoy… quiero descansar… quiero dejar de sentir que me duele vivir.. no sé qué más pueda hacer para dejarme de esta estúpida depresión. No puedo más… ¿El recurso de Dios? Carajo, no dejo de creer, no dejo de orar, pero la tristeza sigue aquí… No quiero soluciones, de verdad, sólo quiero decir lo que siento. Sólo quiero decir que el dueño del mar está a punto de cederlo todo. Que el dueño del mar no aguanta la tristeza de vivir, que el dueño del mar está sólo, absolutamente sólo aún estando rodeado de personas. Hoy me rindo.. por hoy, sólo por hoy quiero ser yo… el que está luchando, está sufriendo y está llorando (porque carajo! el dueño de mar también llora!) Quiero ser yo… el que se siente totalmente vulnerable, incomprendido, apartado… aislado…  ¿Qué me queda? No sé… quisiera saber… me siento invisible… como un fantasma que anda por ahí, sin cuerpo, sin vida, sin tiempo… Estoy cansado… muy cansado… muy cansado…ya no quiero luchar más… ya no quiero luchar más… ya no quiero luchar más… No puedo más… no soy tan fuerte, de verdad… no lo soy… Quiero dejar de sentir…