Navegando a mitad del mar se distingue un punto, que al acercanos podemos ver con mayor claridad y descubrir que se trata de una barca. Una barca pequeña, sencilla, con un sólo hombre a bordo y al mando aparente de la misma. Muchas veces el pensó que podía navegar por el mar hacia lugares que su imaginación le describía. Pero pronto se dió cuenta que el mar es ingobernable, poderoso y a veces aterrador. Las olas altas lo desviaban hacia playas distintas, las tormentas le hacían perder el sentido de la ubicación y varias veces encayó en la arena de una isla desierta. Una y otra vez empujó su barca al mar, para navegar de nuevo, pensando que podía llegar a aquellos sitios que sólo su imaginación y él conocían. Una y otra vez, una y otra vez.
Fue aprendiendo a fuerza de decepciones, de frustraciones, de olas que le mojaban la cara y borraban sus lágrimas. Entendió la diferencia entre luchar, y rendirse. No sabía que había estado luchando contra el mar. Pero lo comenzó a intuir en su último naufragio. Ahora, la cara angustiada, los músculos tensos que luchaban por mantener el rumbo han sido cambiados por un rostro apacible, tal vez triste, tal vez resignado, tal vez sabio. Sus brazos ahora no se tensaban contra el mar, descansaban a su costado.
Miraba el mar y comprendió que muchas veces, para llegar a dónde queremos llegar no hay luchar, sino rendirse. Que su lucha contra el mar era inútil. Pero tenía la opción de cambiar su mente, sus ideas y su mente. Y decidió, finalmente, probar. El mar no le dejaba más opción de cualquier modo, así que no tenía nada que perder. Se rindió al mar, y ya no luchó más con él. Entendió que de vez en cuando habría naufragios, que de vez en cuando habría decepciones, lágrimas y tristeza. Pero estas serían como las tormentas: pronto pasarían y sol brillaría de nuevo. No estaba exento de esto, ahora, estaba consciente. Eligió dejarse llevar por el mar, y el mar lo llevó a nuevas islas, a nuevas tierras y aprendió mucho más que si las cosas hubieran sido hechas a su manera.
Ahora que lo vemos, como un punto diminuto sobre el basto mar, el navegante es uno con el mar. Rendido, sabiendo que el mar conoce mejor el mar, que él. Todavía lucha por sus instintos de lucha, pero sabe que no llegará a ningún lado si continúa neciamente luchando contra el mar. Ahora, podemos comprender que su rostro es un rostro que lucha por rendirse, que lucha por creer en el mar, un rostro que por momentos se desespera, que por momentos quiere rendirse de una vez por todas porque el viaje ha sido largo y el cansancio lo seduce, que lucha por encontrar finalmente una isla en donde terminar su viaje.. Una isla que seguramente tendrá una princesa en ella. Tal vez vuelva a ser llevado por el mar por alguna isla donde ya pasó, no lo sabemos, el mar es tan majetuoso. Tal vez esta vez verá con los ojos de alguien diferente y se topará con un paisaje diferente… y ahí estará ella… y muchas, muchas, muchas otras cosas que él jamás consideró en su plan de viaje pero de las cuales estará agradecido.
Tal vez, se sabrá la letra de la canción aquella y podrá cantarla a quién merece escucharla… tal vez un día se de cuenta que él es un poeta en busca de una princesa. Pero de esto, el mar se encargará… porque el mar, de una u otra forma siempre da más que aquello que le pedimos… siempre…. incluso, segundas oportunidades…